jueves, 27 de agosto de 2009

Vanitas vanitatis

Soy plenamente consciente de que puede resultar vanidoso o pretencioso, que no deja de ser una manifestación siniestra de la vanidad referirme a la misma en los demás. En mi descargo solo puedo decir que, al menos, supone un punto de partida afrontar el asunto con la conciencia de que también yo habré incurrido en ella. No se trata de la falsa modestia, actitud hipócrita que exige halagos de forma subrepticia, sino de la plena conciencia de la finitud e insignificancia de nuestros actos, algo que, indefectiblemente, debería llevarnos a una sincera y natural humildad.
No pretendo, en ningún modo, que esta mera constatación mía sujeta a opiniones constituya uno de esos estudios sociológicos experimentales, avalados por toda esa parafernalia pseudocientífica de variables, coeficientes de error, medias, medianas y modas, es decir, que sea extrapolable a toda la población o, al menos, a un sector concluyente de la misma.
Pero me inquieta mucho la idiosincrasia de la gente adulta muy joven. Denomino así a los que ahora tienen entre 18 y 25 años más o menos. Concurren varias características inquietantes en esta generación fruto, sin duda, del programa educativo y, más aún, del entorno social que les ha tocado padecer. Reitero que, al no tratarse de un estudio sociológico experimental, me limito a lo que puedo observar en mi entorno, a mi raquítico método empírico casero de observación. Por lo que no pretendo definir así científicamente a este sector de población. Quizá esté equivocada y todo sea un error de percepción, fruto de mis prejuicios. O quizá no...
Lo que me llama poderosamente la atención es la paradójica bipolaridad entre prepotencia y dependencia. La prepotencia que exhiben parece ser fruto de la equiparación del conocimiento tecnológico o meramente acumulativo con la sabiduría. En el otro polo, la infantil dependencia material y afectiva de sus padres en los asuntos cotidianos más nimios convive a menudo con el desprecio de los padres por su ignorancia, por ejemplo, en el manejo de internet. Pero ese desprecio no merma ante la constatación de su dependencia emocional y hasta física en asuntos tales como prepararse un bocadillo o comprar una caja de preservativos.
Este sector de población ha adquirido herramientas prácticas, pero es incapaz de contextualizar y extrapolar sus conocimientos, de hacer que esos conocimientos les hagan crecer como seres humanos. Por eso son un perfecto grupo de operarios restringidos a tareas concretas, aisladas y nada creativas. Esto, unido a la desideologización absoluta en lo concerniente a sus derechos y su dignidad, nos proporciona un banco de mano de obra barata e incapaz de reivindicación alguna. Bien al contrario, se crean un mundo irreal en el que se sienten satisfechos y orgullosos, cobijados en la utilidad de su labor alienada y mercenaria.
Otra característica reseñable y que aparece enseguida en una conversación cotidiana, es la absoluta falta de empatía y de imaginación. Su humor es plano, sin sarcasmo, sin ironía, sin creatividad. Se diría que sus risas son rara vez auténticas. Sus actos y sus dichos siempre son convencionales en el ámbito del grupo social en el que se mueven. Imagino que, como todavía no se han convertido en robots, desarrollarán sus neurósis calladamente, viviendo en su autoengaño de triunfadores sobradamente preparados. Desprecian absolutamente el conocimiento de los demás, sobre todo de los ancianos. Su biblia es la wikipedia y su sumo sacerdote el tío con mayor éxito social de su grupo, su gurú.
Han aprendido a manejar las claves sociales para sentirse acogidos o, al menos, no despreciados en su grupo, lo que supone huir de cualquier atisbo de relación sincera. Los segundones asumen sin rechistar su papel prefiriendo, supongo, ser cola de león. Lo contrario significaría un esfuerzo intelectual e insurgente del que no parecen capaces. Han asumido una pose de desinhibición que equiparan, sin duda, con el hecho de ser enrollados. Pero cuando escarbas mínimamente en sus relaciones sentimentales, si es que pueden denominarse de esta manera, descubres un puritanismo integrista que no habías observado ni en tus padres. Los roles sexuales permanecen inalterables: él protege; ella cuida; él explica, ella aprende...
En fin...todo este sesudo análisis podría concluírse con una desesperanzada mirada al futuro próximo: estas personas adultas en edad cronológica y mental, pero bebés en sentido común y supervivencia, asumirán en breve las riendas del mundo. Bien es cierto que parece imposible que lo hagan peor que los actuales, pero...

4 comentarios:

bLuEs dijo...

Todavía estoy buscando los motivos (porque sólo he llegado a esta conclusión de forma fragmentaria) pero el caso es hace un tiempo que voy comprendiendo que si me muriese ahora mismo "vanidad" sería una de las pocas palabras que me tendría que llevar a la tumba. Tosca y burdamente hace tiempo intenté poner algo sobre esta idea aunque terminó siendo de forma bastante fallida ( http://blues-blues.blogspot.com/search/label/Vanidad )

Pensando el tema menos egocéntricamente (y aunque no es exactamente lo mismo) el narcisismo ya ha sido descrito en psicología como proporcional a la salud mental, de forma que la madurez se puede medir por la capacidad de reducir el narcisismo que nos es necesario en la primeras etapas de la infancia y que fácilmente tendemos a retener o engordar a lo largo del resto de nuestra vida.

Esta incapacidad para afrontar la vida de cada uno manteniéndose en fijaciones narcisistas pienso que es uno de los motivos que obligan a la dependencia externa cuando la necesidad acucia. De ahí que se acabe pensando, por ejemplo, en el estado como una gran "madre" que siempre está lista para proveer a sus ciudadanos de lo necesario.

Saludos

Dizdira Zalakain dijo...

He leído tus posts sobre la vanidad y no me parecen en absoluto chapuceros sino, por el contrario, muy interesantes. También a mí me ha parecido siempre que el colmo de la vanidad es el hecho de hacer alarde de humildad y entrega a los otros. Sin duda, este sentimiento mueve a muchos cooperadores de ONGs y tampoco falta en la caridad tradicional. No pienso sin embargo que la vanidad sea un motor del mundo, ya que puede ahogar, y de hecho con frecuencia lo hace, cualquier atisbo de avance en la ciénaga del ego y la rivalidad mundana.
Comparto contigo la idea de que ninguno de nosotros estamos exentos de ese sentimiento. Nadie está a salvo de la necesidad de aprobación y reconocimiento de los demás, aunque yo vivo esto como un lastre y no como un motor. Aunque parezca algo ilusorio, nuestra valía debería ser la misma, independientemente del prestigio social que obtengamos con nuestros actos. Es cierto, también, que una pizca de vanidad puede sernos útil para reforzar nuestra autoestima e investirnos de algo de dignidad.
Evaluar la vanidad en las acciones, palabras y pensamientos ajenos o propios termina por ser una actividad paradójica. Imaginemos el caso más extremado de comportamiento humilde en un ser humano: ¿no es perfectamente posible que ese ser humano sea acusado -y no sin razón- de ser tan vanidoso como para pretender ser el menos vanidoso? ¿Incluso no podría él, llevado de su celo por la perfección acusarse de ello? El problema de la vanidad podría reducirse al siguiente: la vanidad puede siempre predicarse de cualquier acción, palabra o pensamiento, o incluso de la ausencia de acciones, palabras o pensamientos. ¿Acaso no puede considerarse vanidoso al monje que intenta acceder a un estado superior dejando de hablar, de actuar, de pensar? La única condición para que nuestra vida esté llena de vanidad es la conciencia. Por eso es que sólo en el hombre y en todos los hombres se la puede encontrar. Así pues, ya que la vanidad es casi sólo una paradoja como la del griego que afirmaba que todos los griegos son mentirosos, lo relevante éticamente no es si visitamos a nuestra madre moribunda por vanidad -pues rizando el rizo siempre podremos acusarnos de ello- sino si realmente hemos contribuído con ello a hacer que el mundo sea más feliz, menos horrible.
Dejando a un lado el tema, disiento de la idea del Estado como protector. A mí me espeluzna un mundo selvático en el que cada uno dependa únicamente de su fuerza bruta o de su suerte. Claro que éste es un tema de carácter político, Pero yo, que soy marxista, no puedo concebir una sociedad igualitaria o mínimamente garantista sin el papel del Estado que, -por otra parte- lo alimentamos todos con nuestros impuestos. La alternativa al Estado la conforman las multinacionales y eso me pone los pelos de punta.
En fín, me ha gustado el pasaje de Sábato que citas. Siempre me gustó mucho esta novela y este texto me conmueve de forma especial porque yo no he podido experimentar la vanidad de llegar a ver a mi padre con vida.
Quizá, el plantearse el tema de la vanidad suponga un paso en la conciencia de la misma y, tan solo eso, nos hace descender un peldaño hacia la humildad.
Un saludo.

bLuEs dijo...

Hola.

Llego algo tarde y mal... pero aún así me gustaría intentar responder.

Aunque hay grados de vanidad (y hay comportamientos que podrían ser considerados claramente vanidosos y otros no tanto) en el fondo el tema de la vanidad dirige a la pregunta sobre el sentido de la existencia, porque si ésta no tiene sentido entonces ya no queda otra que admitir que todo termina siendo vanidad. Por otra parte podría verse desde otro ángulo. Es decir, si algo trasciende la propia individualidad eso podría no ser considerado vanidad estricta. Digamos que, aún siendo necesaria, esa capacidad de llegar a "lo otro" hace que se redima.

Muchas veces intento pensar la vanidad como un "manto" de mentiras que recubre algo que tiene valor. En parte por eso me interesa lo que está ligado a San Francisco. No es que la cosa se trate necesariamente de que haya que desnudarse, liberarse de las riquezas, cortarse el pelo en plan Santa Clara,.... pero queda la esperanza de que liberándose de lo falso tenga sitio alguna verdad que pueda emerger.

En lo del tema del Estado creo que me he explicado fatal. Intentaba referirme al vicio habitual de traspasar la capacidad de hacer por uno mismo las cosas al Estado, esperando que sea él quién se encargue de todo. Por supuesto, si el estado tiene alguna obligación es la de velar por la salud (física e intelectual) de todos sus ciudadanos.

Muchas gracias por la atención y saludos.

Dizdira Zalakain dijo...

Estoy de acuerdo contigo también en esa manera de enfocar el problema de la vanidad: luchar contra la vanidad sería luchar por lograr un vaciamiento previo para poder después llenarse con lo esencial. Pero lo que dices excede el planteamiento de mi post inicial, en el que me había limitado a hablar sobre la vanidad en un plano más bien sociologico o de crítica de costumbres. El enfoque filosófico-religioso es bastante más interesante y daría para otro post.
Muchas gracias por tus interesantes comentarios.