viernes, 6 de agosto de 2010

Bach, el leñador.

El cine del mundo capitalista ha bombardeado desde hace ya 100 años a la Humanidad con sus arquetipos humanos, sus "valores" y su pavorosa fealdad. La producción masiva y deprimente que vomita la industria cinematográfica espantará a la humanidad venidera y se mostrará como un fenómeno único en la Historia, si es que va a haber una humanidad capaz de evaluar el pasado que sobreviva a nuestro tiempo. Nunca, desde Altamira, había el ser humano producido tanta cantidad de necedad, zafiedad e inmoralidad. Nadie merecería el suplicio de ver todos los telefilmes de psicópata, detective y familia americana que nuestro tiempo ha producido y sigue produciendo.
Pero si ocurre algo triste en esta industria es cuando los guionistas se adueñan del nombre de los artistas del pasado para hacer productos que etiquetan de "buen gusto." Un buen gusto tan fétido como las fiestas de la Preysler de los anuncios de Ferrero Rocher o los discos de Il Divo. Entonces es como si la fealdad quisiera extender sus tentáculos también al pasado y mancharlo con la pringosa crema de cacahuete con que inunda el presente y ahoga el futuro. Es como si la fealdad de hoy quisiese destrozar, porque le hace daño, la belleza del pasado, parodiándola.
El espectador medio, incluso el culto, ya no se da cuenta del horror que suponen películas como "Amadeus", "Shakespeare in love" o "Copying Beethoven." Como mucho, el informado protesta por la falta de rigor histórico. Pero el problema no es que estas películas no se basen en los personajes reales. Eso es lo de menos. El problema es que estas películas nos hacen creer que también ellos, también los genios que han alumbrado a la humanidad con sus creaciones, se comportan, sienten, hablan, se contonean, ríen, y tienen los mismos valores y aspiraciones que un yanki de mierda que se cree culto. Harry Potter o Indiana Jones son dos de los modelos disponibles de genio. Pero hay más. Hannibal Lecter, como todos los psicópatas, por cierto, del cine americano es extremadamente inteligente. Y ello se demuestra porque escucha arias de Mozart y toma vino tinto. ¡Qué peligrosa excentricidad!
La inmensa mayoría de la gente, por culpa de Amadeus, cree que Mozart era un tipo medio retrasado e histriónico, un genio de la música, sí, pero casi idiota en todo lo demás. Esto es falso históricamente hablando. Pero ese no es el problema. El problema es que ese idiota que Milos Forman pretende que tomemos por Mozart, no solo no es Mozart, sino que no es ni siquiera un ser humano posible, es solo una aberración yanki, la proyección monstruosa de alguien que fabrica mierda para ser metida masivamente en los cerebros de medio mundo. Y, de paso, se creo un falso arquetipo de genialidad, de inteligencia, de creatividad. La creatividad anida en los idiotas acríticos y amorales.
O El Shakespeare de Shakespeare in Love. ¡Es tan repugnante, tan banal, tan necio, tan estúpidamente dinámico y juvenil, tan baboso que sólo concibo que pueda existir gente realmente así en el infierno!

Pero a mediados de los ochenta, cuando yo era adolescente y en TVE había a veces programas buenos, emitieron una serie sobre la vida de Bach. Apenas recuerdo nada de ella, porque yo por entonces no apreciaba su música. Pero recuerdo con viveza dos escenas que creo que me inmunizaron contra esa concepción del genio que ofrece la industria del cine.
En una de esas escenas Bach aparecía cortando leña en el patio de su humilde casa. En otra aparecía siendo operado de cataratas sin anestesia y con la luz que entraba por la ventana. También recuerdo que Ana Magdalena, su amada esposa, estaba representada por una actriz francamente obesa y radicalmente opuesta a los cánones de belleza impuestos por el Gran Hermano...
Este Bach que nos presentaba la vieja serie de los ochenta era un auténtico ser humano, no un monstruo de Frankenstein compuesto de prejuicios ignorantes, vanidad adolescente e ideología fascista. Ese Bach cortaba leña después de su duro trabajo como compositor, intérprete y profesor. Ese Bach vivía en el auténtico siglo XVIII, en el que los músicos eran artesanos, como los talabarteros o los orfebres, obreros especializados que trabajaban como mulas por una humilde subsistencia. Ese Bach no era un pelele baboso, ni un histrión saltarin, sino un trabajador concienzudo y un padre de familia. Este Bach no pronunciaba frases de filosofía de autoayuda mientras la banda sonora alcanza el clímax.
Un Bach así hubo de ser creado por el cine de la Alemania Democrática y Hungría. Eran los tiempos en que el llamado telón de acero protegía todavía a quienes hicieron esta película de la basura que rebosaba ya al otro lado del muro. Todavía en los ochenta había estados que trabajaban para los seres humanos. El humanismo en Occidente cayó al mismo tiempo que todos esos estados del otro lado de la puerta de Brandeburgo.
En cuanto a Lothar Bellag, el director de esta película sobre Bach, poseía ya una brillante carrera cuando dejó de hacer películas exactamente en 1990. Es evidente el por qué. En 2001 murió en un país absolutamente distinto a aquél para el que trabajó sin que nadie se acordara de él. Es normal. El director de "Johann Sebastian Bach", la película que me enseñó de niña tanto con un par de escenas, era un maldito comunista.

Os dejo un fragmento de la película en el que justamente aparece Bach cortando leña, desbordado e irascible tras la muerte de su esposa. Al final, le vemos ensayando una cantata con la que luego sería su esposa, Ana Magdalena. El fragmento comienza con un concierto que Bach interpreta para su jefe, el prícipe Leopold de Cöthen.

P.D: El vídeo de YouTube ha sido censurado porque una empresa privada reclama los "derechos de propiedad" de este material. ¿Cómo? ¡Pero si esta película fue realizada exclusivamente con fondos públicos! Ahora un cerdo capitalista ha robado -con el visto bueno de la nueva y unificada Alemania nazi- lo que fue pagado por todos e iba destinado para todos. Y se lo apropia e impide que ni tan siquiera podamos ver un fragmento en internet. ¡Así trabaja la legalidad capitalista!

2 comentarios:

Jose Luis Forneo dijo...

No recuerdo haber visto aquella serie. Me la perdi. Pero lo que explicas coincide con las dos visiones de las cosas que habia antes de la caida del muro. En las peliculas americanas o de occidente los heroes son modelos uniformizadores, superficiales, que intentan imponer un modo de ver las cosas con el fin de la sumision y la aceptacion (como mucho de la confusion de la libertad con el derecho a consumir). El cine socialista estaba, como el sistema, al servicio del ser humano, y por lo tanto sus protagonistas eran seres humanos, complejos pero reales, sin buscar ninguna imposicion canonica, sino inspirado y dirigido a personas comunes, corrientes y reales.

Dizdira Zalakain dijo...

En los ochenta echaron por TV -normalmente en lo que antes era el horario "educativo"- un montón de series compradas a los países socialistas. Recuerdo que todas ellas coincidían en poseer un alto nivel estético y en presentar las cosas de manera humana.