viernes, 17 de julio de 2009

La hora del lobo

"La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos..."
Ingmar Bergman, La hora del lobo




Esta película de Bergman no se encuentra entre mis preferidas. Está llena de imágenes estéticamente atractivas, que reposan en un onirismo inquietante, pero yo prefiero la otra parte del cineasta, en la que se profundiza en el estudio psicológico de personajes y situaciones. Sin embargo, me parece muy atrayente la idea sobre la que se sostiene la película.
Como insomne impenitente que soy he comprobado en mi propia piel la veracidad de la hora del lobo. Lo he hecho con ese regocijo con el que se constata que algo que tú intuías de forma incierta está absolutamente claro para otros. Esta hora que se desliza dramática para los no durmientes entre la noche y la aurora acoge los peores augurios y nos retrotrae a los olvidados terrores nocturnos infantiles. Son momentos en los que te engulle una especie de embudo y los temores y preocupaciones diurnos se agigantan hasta asfixiarte.
Shakespeare, aunque no la llama así, no desconocía la magia de esta hora que precede a la aurora y se regodea en las descripciones de las pesadillas, los fantasmas y los crímenes que en ella tienen lugar. El crimen de Lady Macbeth, el sueño premonitorio de la mujer de César o el fantasma del padre de Hamlet son imágenes inolvidables teñidas de un macabro salvajismo y de un hipnótico terror. Proust comienza su gran novela narrando la angustia que le produce despertarse por la noche y ver una esperanza defraudada: la luz del pasillo bajo la puerta no es la señal del amanecer, sino la que enciende el criado para ir a dormir tras su agotadora jornada de trabajo. Todavía queda una larga noche por delante en la que los viejos muebles crujirán misteriosamente y el espejo del rincón reflejará solo sombras...

Cómo explicar esta sensación opresiva y desasosegante a las personas que nunca la han experimentado es algo que me resulta casi imposible. Se diría que una invisible manaza de bruma y tiniebla te oprime el cuello y el alma y deforma tus circunstancias vitales hasta empujarte a un raro abismo en el que te pierdes sin encontrar salida alguna. Seguramente sea también la hora de los suicidas, de los abandonos, de las deserciones y del hundimiento.
Es la hora en la que el mundo real con su tráfaga vertiginosa se detiene y los objetos inanimados cobran vida propia, pero no como en los cuentos infantiles sino de forma opresiva y abrupta. Ignoro si fue Bergman quien acuñó este hallazgo o si lo hizo únicamente famoso. En cualquier caso, solo una sensibilidad como la suya pudo reparar en un hecho tan nimio y remoto para los habitantes del día que descansan cuando deben sin perturbación alguna.

Así describe Macbeth, condenado a un insomnio eterno, el añorado sueño:
Me pareció oir una voz que gritaba: "¡No dormirás más!. ¡Macbeth ha asesinado el sueño!" ¡El inocente sueño, el sueño, que entreteje la enmarañada seda floja de los cuidados...! ¡El sueño, muerte de la vida cotidiana, baño reparador del duro trabajo, bálsamo de las almas heridas, segundo servicio en la mesa de la gran naturaleza, principal alimento del festín de la vida...!


2 comentarios:

bLuEs dijo...

La vi hace una temporada y no fue la que más me gustó, aunque me pareció muy interesante. Quizás me quedo con esto del gusto por algunas escenas, más que por la historia completa. De todas formas no quisiera acabar como el típico crítico resentido y simplemente me quedo con lo que me ha sumado.

No sabría explicar mejor que tú lo que describes de la sensación opresiva y desasosegante.

Saludos.

Dizdira Zalakain dijo...

Gracias. Las horas de insomnio creo que constituyen un envés de nuestra vida del que apenas se habla pero que tiene un peso considerable. Las horas de insomnio, lejos de ser horas baldías, son momentos privilegiados en los que somos conscientes de esa dimensión dramática de la existencia a la que haces referencia en tu blog de filosofía.
Saludos.