viernes, 22 de mayo de 2009

ERES LO QUE HACES.

Recientemente, he hablado con una amiga que ha sido relegada de categoría profesional. Trabaja en una empresa privada con status de ONG, de manera que se beneficia a un tiempo de las ventajas empresariales del libre mercado capitalista y de las exenciones fiscales de los restos de Estado del bienestar que, increíblemente, subsisten todavía en la privilegiada Europa
Sería largo y complejo explicar por qué la han descendido de categoría, así que baste decir que ha sido cesada de un puesto técnico por ser invulnerable al mobbing meramente psicológico y ha pasado a ocupar un puesto de carácter administrativo. La depresión que ha sufrido mi amiga no está motivada por el descenso de salario, bastante considerable, por cierto, sino por el descenso de categoría y la sensación de injusticia ante la falta de recompensa por un trabajo bien realizado y una entrega ilimitada al mismo.
Todo esto me ha llevado a pensar que, bajo esta frustración y desespero, subyace algo que quizá ni ella misma se atreve a confesar. Yo lo denominaría pérdida de status social. Y es que vivimos un momento en el que el trabajo consiste, no en un medio para obtener dinero, sino en un fín en sí mismo, de modo que aquél que no trabaja no es nadie. No se trata tanto de ganar mucho dinero, puesto que se desprecia a los rentistas por ociosos y parásitos. Es, más bien, un apellido que te clasifica. Pedro Fernández, ingeniero; Amaia Garmendia, azafata. En este sistema de tarjetas de presentación, los pensionistas, las amas de casa, los desempleados o aquéllos que desempeñan trabajos considerados no cualificados, son solo escoria. Y, aun peor, están desubicados del mundo "guay" y fuera del sistema de redes sociales-laborales que parecen mover el mundo -si bien lo cierto es que el mundo sigue funcionando mal que bien gracias a la masa de los empleados no cualificados. Así, es preferible ser periodista de un periodicucho o una radio locales, aunque ganes mil euros mensuales, por ejemplo, que ser albañil ganando 2.500. Porque para muchos el dinero sin más no importa tanto como parece. En este caso es fundamental para la autoestima tener una mesita con un cacharro lleno de bolis, un ordenador y un cartelito en el que se lee tu nombre.
Mi amiga antes era respetada porque era una técnica de cultura. Los mismos idiotas que antes le pedían información sobre conciertos, museos o festivales de cine, le miran ahora por encima del hombro porque en la actualidad se dedica a cumplimentar modelos y certificados administrativos. De pronto, ha perdido su autoridad en materia cultural y se ha convertido en un personaje gris que estampa sellos. Mucho peor le hubiera ido si le hubiesen mandado a fregar suelos, desde luego... La misma persona pasaría a ser de árbitro de la elegancia a señora suburbial a la que apenas se atribuyen rasgos humanos.
Yo he atravesado por todas las situaciones imaginables de la pirámide y he sido tratada en cada momento como se supone que debía serlo, independientemente de mi forma de ser que no ha variado, así que sé de lo que hablo. Es costoso soltar ese lastre del status social y apreciar a alguien por lo que es, por cómo es y no por lo que su contrato dice que hace. Creo que éste es uno de los prejuicios más alienantes y destructivos.
Qué ascopena