jueves, 28 de mayo de 2009

EL REY DE LA CASA.

Como estas cosas suceden en oleadas, tengo varias amigas y familiares que han sido madres recientemente. Quizá, por ello, me fijo más en los niños pequeños: cuando van al colegio, juegan en el parque o van de compras con sus padres. Como dicen los anuncios, Testado, en 9 de cada diez casos el panorama es hasta un 70% más desolador.
No entiendo qué proceso sufren las mujeres occidentales cuando son madres. Está claro que, para ellas, en pleno siglo XXI, la maternidad supone la realización máxima. Sobre esto no puedo opinar porque no he sido madre todavía, pero sobre lo que sí reflexiono es sobre la devastación intelectual que, al parecer, provoca el embarazo. Las madres se sienten únicas (!) y heroínas de melodrama por haber parido. Esta felicidad, por desgracia, tiene su reverso en el conocido proceso del doble vínculo, tan propio de las madres: sí, es verdad que debemos envidiarlas, pues son inmensamente felices al haber traído al mundo esa criaturita, pero también debemos compadecerlas en cuanto mártires incomprendidas de la procreación porque ellas llevan todo el terrible peso de la educación y crianza. Lo que no dicen es que ellas excluyen sistemáticamente al pobre padre, que pasa a ser una comparsa vacilante que intenta, por un lado, cumplir con el listón tan elevado de padre modelo que nuestra sociedad le ha impuesto, pero que, por otra parte, soporta el apartheid de la madre -"no hagas esto, que tú no sabes"- y sus continuos reproches -"lo tengo que hacer todo sola".
En casas en las que antes se leía, se veían pelis o se escuchaba música, ahora todo gira en función del niño. Cambia hasta el decorado. De pronto, el salón se ha transformado en una sala de juegos para el principito. Únicamente se escucha música que dice ser infantil sólo porque es estúpida. En la tele dotada con Blu-Ray y Canal Disney el niño absorbe ideología fascista y estética de centro comercial. El único material escrito que se encuentra consiste en "cuentos" de papel de lujo en los que no hay más de una palabra por página. Lo único que decora la preciosa vitrina y las paredes en tonos pastel son fotos del mismo bebé que babea un metro más abajo. Mil sonidos chirriantes, risas de payasos, puñetazos, explosiones y musiquillas de ritmo sincopado, mil estímulos visuales de colores chillones cambiando a velocidades subliminales que se reflejan en las pupilas bobaliconas que ya se adaptan a la telebasura futura que habrán de ver como buenos ciudadanos. Decenas de juguetes que le enseñan los principios básicos de nuestra cultura: coche y pistola. El niño no sabe dónde acudir ante la sobreestimulación de diez juguetes similares, de diez ositos que reclaman su atención y que terminarán pronto en el reciclaje de basura sin haberla logrado.. No puede ir descubriendo sucesivos juegos porque los tiene todos a la vez. No puede soñar con juguetes mejores, porque ya los tiene.
Ya no existe ninguna conversación con estos padres entusiastas; lo socialmente correcto consiste en reir las supuestas gracias del niño que, por lo general, está mimadísimo y no tiene ninguna. Los padres ya no se ocupan de lo que sucede en el mundo, solo nos narran innumerables anécdotas que certifican la inteligencia superdotada de su Neroncito o se lanzan reproches respecto de quién se dedica más al niño. Conozco casos aberrantes en los que el crío duerme en la cama de sus padres a la edad de 2 años. Imagino el sexo tan estimulante que tendrá la pareja. Esta es la única forma de castidad que todos entendemos hoy.
Todo esto me parecen nimiedades cuando pienso en lo que va a llegar cuando este Calígula sea adolescente. Imagino a un niño retraído, absolutamente dependiente de su mamá, vulnerable, egoísta. O esto, o un psicópata asesino de ancianas. Y, peor aún, qué pasará cuando esta generación de imbéciles sobrealimentados sean padres, deban votar y les den armas y poder. Esto, espero no verlo. Lo que está claro, en mi opinión, es que la forma de concebir la maternidad es un síntoma claro de la decadencia de Occidente.

2 comentarios:

bLuEsMaN dijo...

Cuando la humanidad está en precario casi únicamente son los impulsos que tenemos en común con los animales los que hacen seguir adelante.

Si el sexo busca la cantidad, el amor busca la calidad. Algo parejo ocurre en las sociedades capitalistas con lo que representa ser padre/madre. Se suele quedar en una primera fase (y muchas veces ni eso).

saludos

Dizdira Zalakain dijo...

¡Hola Bluesman!:

Quizá tengas razón y se trate sólo de un impulso animal exacerbado por la publicidad y una carencia de cualquier reflexión o norma social que modere ese impulso.
Pero no puedo dejar de pensar que todo esto parecen señales de un cataclismo, algo así como cuando, antes de un terremoto, ciertos animales se desbocan al unísono. Los instintos de las madres parecen ponerse todos de acuerdo en estos tiempos para crear futuros humanos que sean capaces de los mayores horrores. No se sabe si es que prevén la catástrofe y se intentan adaptar a ella o si son ellas mismas parte del complejo causal que provocará esa catástrofe.

Saludos