lunes, 14 de febrero de 2011

El misterio de Mr. Peel.

Edward Gibbon Wakefield fue uno de esos pioneros descritos de modo tan elogioso por las noveluchas de aventuras decimonónicas que han vendido esa imagen del lord británico que surca los mares del Sur. Por eso el arquetipo de lord aventurero que todavía hoy tienen las masas es el de un hombre sumamente instruído, de exquisitos modales pero al mismo tiempo aguerrido y valeroso, un modelo a envidiar, a seguir y con el que soñar. (El último subproducto cultural de esta calaña es Indiana Jones.)
Pero la realidad es muy distinta. Los lords aventureros no eran por lo general más que unos delincuentes que sembraban robo y destrucción por los pocos paraísos en los que el hombre "civilizado" no había puesto aun sus sucias botas. En concreto, Wakefield se dedicó a expoliar y asesinar a los habitantes de Nueva Zelanda y el sur de Australia, todo ello para acrecentar su economía personal. Fue premiado y halagado por ello y ocupó un puesto en el democrático Parlamento británico. Y ello a pesar de que fue acusado de secuestrar a una niña de 15 años, rica heredera, para forzar así un ventajoso matrimonio con ella. Pero al final ninguna de sus heroicas hazañas -secuestrar niñas, matar indígenas indefensos- se ha hecho tan célebre para la posteridad como el hecho de que Karl Marx lo mencione en uno de los más interesantes pasajes de El Capital, concretamente en el último capítulo del tomo I.
Y lo menciona porque Wakefield, con su sentido práctico de la rapiña, fue el primero que comprendió que el capitalismo no era lo que los teóricos clásicos del liberalismo decían que era.

Ocurrió todo a raíz de un misterioso suceso: el fracaso de la empresa de Mr. Peel en Australia.
Thomas Peel decidió fundar una colonia en la desembocadura del río Swan, en lo que hoy es la ciudad de Perth. Fundar una colonia significaba reproducir exactamente el tipo de sistema que en la metrópoli permitía a unos capitalistas enriquecerse a base del trabajo ajeno.
La teoría del libre mercado, expuesta desde Adam Smith, concebía el capitalismo como un proceso natural: los individuos libremente establecían un pacto por el que unos vendían su trabajo y otros sus mercancías a cambio de un precio. Ese precio no viene impuesto por ninguna ley: simplemente la libre competencia es la que lo determina de manera natural. Así, según este esquema, el trabajo de un carpintero o un kilo de patatas terminan pagándose por el precio que realmente es justo mediante la natural ley de oferta y demanda. Esta bonita descripción del capitalismo es algo en lo que todavía muchos creen y en lo que, para su desgracia, también creía Mr. Peel.
Así pues, Thomas Peel obtuvo permiso de la corona para establecer una colonia. El pionero empresario lo previó todo, según la teoría capitalista: un buen capital con el que partir (50.000 libras), herramientas y centenares de trabajadores ingleses cualificados y de probada entrega. Es decir, Mr. Peel lo llevaba todo para hacer sus negocios: en lenguaje marxista, llevaba medios de producción (capital, tierras y herramientas) y fuerza de trabajo (obreros).
Sin embargo la cosa salió fatal. Al poco tiempo, en expresión de Marx, "el señor Peel se quedó sin un sirviente que le tendiera la cama o que le trajera agua del río." Todos los trabajadores de la colonia se habían marchado y le habían dejado a él con su parcela de tierra vacía. ¿Cómo era posible que esos trabajadores, tan responsables y entregados en Inglaterra, se hubieran vuelto unos haraganes en la salvaje Australia? La mayoría de ellos, tras dejar plantado a su jefe, se internó por las tierras del país y, matando, esclavizando y robando a los indígenas, pronto se convirtieron ellos también en prósperos terratenientes. Algunos de los antiguos empleados de Mr. Peel llegaron incluso a ser más ricos y poderosos que él.
Pero ¿qué es lo que había fallado? El primero en darse cuenta fue precisamente Edward Gibbon Wakefield, igual de ladrón que Mr. Peel pero más astuto que él. Su descubrimiento lo expone en su obra "A View of the Art of Colonization".
La clave, según Wakefield, es que no basta con llevar capitalistas a las colonias, como se creía hasta ese momento: lo esencial es llevar trabajadores asalariados. Y es que un trabajador asalariado no es simplemente cualquier persona que pueda trabajar, sino una persona que no tiene otra manera de vivir que vender su fuerza de trabajo. Éste es el fallo de Mr. Peel: él llevó en su barco a personas que en Inglaterra sí que eran trabajadores asalariados, pero cuando llegaron a Australia se dieron cuenta de que podían ganarse la vida de mil maneras mejores que vendiendo su fuerza de trabajo. Así que rápidamente dejaron solo al señor Peel y a sus herramientas. Sin trabajo asalariado, la suma de dinero no servía de nada y las herramientas no eran más que chatarra: ninguna de ambas funcionaban ya como capital. Los trabajadores del señor Peel podían robar tierras a los indígenas y montar su propia granja, por ejemplo. O podían montar sus propios talleres de artesanía, pues el costo en materiales y suelo era ridículo. O, sin más, podían vivir como los indígenas y llevar una tranquila vida salvaje, tumbados en una hamaca y limitándose a recolectar los alimentos que la naturaleza les ofrecía gratis. Nada de eso era posible en Inglaterra.

Con este caso Marx ilustra magníficamente ese elemento que los teóricos del capitalismo no habían sabido o no habían querido ver y que es, como lo demostró el caso Peel -y otros muchos semejantes- esencial: las relaciones de producción.
Para que otros señores Peel pudieran prosperar era preciso establecer en Australia las mismas relaciones de producción que en Inglaterra. Esto es, había que haber exportado no solo dinero, herramientas y personas, sino también las relaciones de producción necesarias.
¿Y en qué consisten esas relaciones de producción? Pues básicamente en despojar por la violencia o el engaño a las personas de cualquier posible medio de ganarse la vida y obligarlas, así, a vender su fuerza de trabajo. Y esto es justamente lo que se hizo en Australia, una vez que los capitalistas comprendieron dónde estaba el fallo. ¿Por qué el capitalismo no funcionaba en Australia? Pues no funcionaba porque el capitalismo no es un sistema que surge naturalmente, como decía la teoría, sino que precisa de una acción violenta por parte del estado para evitar que los trabajadores puedan ganarse la vida sin tener que vender su fuerza de trabajo. Así que el gobierno británico, obedeciendo a los capitalistas (para eso están los gobiernos) privatizó las tierras de Australia y estableció por ley unos precios difícilmente alcanzables para nadie que no fuese un capitalista, desde luego mucho más altos de lo que la ley de oferta y demanda establecía. Gracias a ello se consiguió obligar a los colonos que llegaban a Australia a tener que vender su fuerza de trabajo con el objetivo -realista o no- de independizarse algún día y comprar uno de aquellos carísimos terrenos.
Hoy en día esto sigue funcionando: vemos cómo las multinacionales procuran por todos los medios aniquilar los modos tradicionales de ganarse la vida de los indígenas, expulsándolos de las tierras, destruyendo sus bosques, contaminando sus ríos o imponiéndoles cultivos de semillas transgénicas, con copyright. Todo ello para que pasen a ser personas que ya no pueden vivir por sí solas, sino que precisan que alguien les contrate para poder comer, es decir, para que dejen de ser productores libres y pasen a formar parte de la gran masa de trabajadores asalariados que, por su sobreabundancia, abarata hasta el mínimo el precio de su fuerza de trabajo.
Seguramente este es el punto clave de la obra de Marx: el capitalismo no funciona de manera "natural" mediante la justa competencia de individuos libres y que, partiendo de condiciones iguales, llegan unos a la riqueza y otros a la pobreza. Eso es la bonita teoría. Pero el caso de las colonias ilustra que a esa teoría le falta explicar que el capitalismo en realidad no surge de ni consiste en la libre concurrencia, pues de ser así fracasaría, sino en una intervención violenta que expropia a los trabajadores de sus medios de trabajo para obligarlos a trabajar para otro so pena de morir de hambre.
Marx concluye el primer tomo de su obra -el único que terminó- con esta frase, que es la clave de bóveda de su análisis del sistema capitalista:

Sin embargo, no nos concierne aquí la situación de las colonias. Lo único que nos interesa es el secreto que la economía política del Viejo Mundo descubre en el Nuevo y proclama en alta voz: el modo capitalista de producción y de acumulación, y por ende también la propiedad privada capitalista, presuponen el aniquilamiento de la propiedad privada que se funda en el trabajo propio, esto es, la expropiación del trabajador.

Ni que decir tiene que la mayoría de los periodistas, de los historiadores, o de los economistas siguen haciendo como que este hallazgo científico nunca ha tenido lugar. Opinan y explican la economía como si esto no hubiera sido explicado y demostrado fehacientemente hace 150 años, como si Marx nunca hubiese existido. Siguen hablando del capitalismo como un sistema económico que surge natural y pacíficamente, frente a otros sistemas, como el socialismo, que han de ser impuestos por la fuerza. Es como si doscientos años después de Galileo todo el mundo académico hubiera seguido hablando de la Tierra como el centro inmóvil del Universo.
De hecho, es significativo que las enciclopedias, incluso, nos siguen contando que la colonia de Peel fracasó por "la mala calidad de la tierra" o "por su falta de capacidad organizativa", ignorando la verdadera causa explicada no ya por Marx, sino por uno de los suyos, Mr. Wakefield.

9 comentarios:

R.A.F.A.E.L. dijo...

Queda muy claro el análisis marxista del colonialismo que haces en esta magnífica entrada, Dizdira. Me he acordado por esto del exterminio de los tasmanios y de Rhodes (muy parecido a Peel), el odioso hombre blanco que tan amargo recuerdo dejó en África austral.

Hoy he releído, hablando de explotación y de dependencia, la vida y actividad de Mehdi Ben Barka, valiente luchador anticolonialista magrebí que bien merecería, ahora más que nunca, más de un homenaje por su integridad y su enfrentamiento con las autoridades francesas, empestilladas con seguir dominando, abierta o encubiertamente,Marruecos.

Saludos afectuosos.

R.A.F.A.E.L. dijo...

Bueno, Rhodes se parecía más a Wakefield que a Peel.

Eleutheria Lekona dijo...

Hay para quienes, si no está en los libros o en Internet o en las enciclopedias o resulta predicho o refutado por los modelos, entonces, o no es verdad o no es digno de tratamiento. Hay quienes, sin haber leído a Marx, sino asistidos por su razón advierten cuán artificial –e innecesario- es el capitalismo. Este sustancioso post habría que ponérselos a leer a algunos de nuestros muy ilustres administradores-gobernadores y a otros personajes que niegan la inoperancia del sistema (como si de veras no advirtieran, habiendo o no leído a Marx, que sus ganancias se generan a base de un sistema de servidumbre). Eso, por un lado. Por otro, para quienes no son movidos por afanes rapaces, sino víctimas de tales afanes, bueno, a ellos sí, que estos conocimientos les lleguen (detrás de los problemas que engendra el gran capital hay un problema más, el problema de la libertad). Combatir o despotricar contra un sistema que es de suyo injusto y preguntarse, ¿por qué las masas, sin embargo, lo sostienen?, ¿por qué seguir acatando leyes que lo apuntalan?, ¿por qué admitir toda esta expropiación? Además de la imposición de ciertas relaciones de producción a través de la regulación subordinada del Estado, ¿qué otra cosa impide que las masas, unidas, nos neguemos a vivir dentro de este sistema?, ¿el influjo alienante de los media?, ¿las desiguales condiciones en que, en países como el mío, fue impuesto en sus orígenes y, entonces, su evolución, que lleva consigo esa impronta?, ¿y por qué, sin embargo, también floreció en los países europeos?, ¿por qué Europa que -se supone- aventaja a varios otros continentes en cultura y pensamiento, no se ha rebelado ya?. Unos lo admiten porque de él gozan, otros porque con él han sido enajenados.

Es natural suponer que para combatir las causas de esta sujeción, es necesario primero conocerlas. Y creo también que para luchar contra esto, llega un punto en que ya no hay mucho que pensar, sino –eso- luchar (¡llegar a esto, trocar las ideas por ansias de combate!). Han transcurrido casi dos siglos desde el episodio de Peel y, seguramente, mucho de lo que posibilitó esta imposición se ha acendrado y muchas otras cosas, desaparecieron. De aquí, me nace una confianza, pensar que las condiciones para que el sistema truene, ya están dadas (y eso no porque crea que nuestro actuar no ha precipitado o no pueda o no esté precipitando ya tales condiciones).

Como de costumbre, tu post, que me ha puesto a pensar.

Saludos Dizdira.

Pedro dijo...

Hasta algunos de los asesores más considerados (que no famosos, por lo celosos que son de su intimidad e identidad ante los grandes medios) de la Reserva Federal usamericana hacen declaraciones en revistas de altísimo precio, circulación restringida y supuesto liderazgo económico con comentarios en los que no tienen reparo en admitir que el capitalismo se acaba y que ¡Marx tenía razón en sus deducciones! (he copiado la frase de un resumen publicado en la Facultad de Económicas de la UAM al que he tenido acceso irregular). Tampoco significa nada especial porque ya se preocupan de decir que lo único que va a ocurrir es que en los próximos dos o tres siglos el capitalismo evolucionará hacia un sistema más o menos igual en donde se habrán corregido los posibles desajustes actuales. Pues vale, como si dudáramos de por donde vendrán los tiros si la raza humana consigue evitar la destrucción de nuestra madre Tierra y ayudar a que el fiel de la balanza se vaya desplazando hacia donde verdaderamente Marx predijo y la actualidad parece ir demostrando día a día. Me encanta ser un marxista convencido aunque se piense "demasiado" (a pesar de mi ya avanzada edad la cabeza sólo me duele cuando veo la injusticia creciente que supone el capitalismo) Salud y enhorabuena por el blog.

Jose Luis Forneo dijo...

Por eso el capitalismo se empeña luchar contra todos los medios de vida "alternativa", las plantas naturales que no estan envasadas en grandes fabricas, el cultivo propio de la tierra y alimentarnos de ella (sin estimulantes, edulcorante, emulsionantes y todo lo que supone el control industrial de los alimentos), acaba con los oficios artesanos y con la virtud de intentar hacer las cosa uno mismo(mejor comprarlas y tirar lsa viejas), etc...

Un hombre libre nunca estaria trabajando para otro que le da mucho menos de lo que realmente produce. Solo lo hará si para sobrevivir no tiene otra forma (o, y esta es la nueva conquista del capitalismo, la manipulacion de la realidad, hacernos creer que no hay otra forma).

Saludos

Dizdira Zalakain dijo...

Rafael:
Rhodes, Stanley, Custer y demás genocidas anglosajones siguen siendo vendidos por el cine y la literatura de aventuras como héroes. Cuando hasta en España nos avergonzamos de Cortés y Pizarro, esta gentuza se sigue gloriando de sus Hitlers.
Qué razón tienes: Ben Barka debería estar en los carteles de las actuales revueltas en el Maghreb.


Eleutheria:
No sé hasta qué punto el conocimiento de los mecanismos de explotación por parte del explotado sirve a la posibilidad de su liberación. En principio, parece claro que no es una condición suficiente. Pero quizá tampoco lo sea necesaria. Además, la lucha ideológica está prácticamente perdida. La mejor prueba es precisamente que, 150 años después, los medios de comunicación y el sistema educativo han logrado tapar la boca a Marx o bien sustituir su figura de gran científico por la de ideólogo radical, medio profeta medio fanático y en todo caso desfasado.

Pedro:
Que Marx sigue siendo tenido secretamente en cuenta por los teóricos del neoliberalismo y que ellos mismos lo estudian a veces con más interés que los sedicentes comunistas es algo evidente en el hecho de que las políticas neoliberales parecen construídas precisamente para prolongar al máximo la existencia del capitalismo parcheando justamente los puntos débiles que Marx detectó; y también en el hecho de que sus postulados teóricos parecen construidos justamente para combatir -cada vez más sin siquiera nombrarlas- las teorías marxistas. Del mismo modo que observando los artículos del Credo cristiano es fácil detectar, aunque no están nombradas, todas la herejías que precisamente ese Credo trata de combatir, en las teorías neoliberales actuales puede rastrarse la tácita intención de anatemizar a Marx. El negativo de Marx aparece en los manuales de economía neoliberal. Lo cual indica que eso que dicen de que "está pasado de moda" es sólo la expresión de un deseo, porque la realidad es que aun tienen que seguir combatiéndolo.

José Luis:
Es verdad, a veces lo que hace el capitaloismo no es solo acabar con los medios alternativos de subsistencia, sino hacernos creer que tales medios no existen. Por eso es preciso insistir en que la expropiación se realiza mediante la violencia, pero también mediante el engaño -que en el fondo es otra forma de violencia. Al indígena del Amazonas se le puede echar a tiros de sus tierras, pero también se le puede engañar cambiándoselas por un televisor y una chabola en los suburbios. Pero los indígenas, sin haber leído a Marx, hace tiempo que ya no se dejan engañar así. Los únicos idiotas que seguimos babeando delante de cacharritos que emiten luces y sonidos mientras nos desvalijan somos los europeos.

Saludos a los cuatro y muchas gracias por vuestros comentarios.

Eleutheria Lekona dijo...

Tienes razón Dizdira, podría bastar con padecerlo para rechazarlo y, quizá, hasta combatirlo o podría bastar con ver a otros padecerlo porque, ya padecido, igual y no te queden las fuerzas para no sucumbir a él y, menos, para combatirlo (pienso en el continente africano, por citar un caso). Entonces, la intensidad de la respuesta al sistema, dependa mucho de la intensidad del estímulo y, aunque baste con padecerlo para reaccionar con violencia a él y combatirlo, exánime, será difícil lograrlo. Lo que quiero decir es que las masas empobrecidas del mundo -a causa del capitalismo-, enfermas y hambrientas poco pueden hacer para combatirlo. Supongo que los que no padecemos sus embates en formas tan agresivas y que, además, tenemos conciencia del daño que ocasiona en otros, entonces, nos tomamos como un deber combatirlo.

Por supuesto, es mucho más perentorio pensar en soluciones prácticas o en la construcción de modos de vida alternativos que ponerse -como yo- a formular inútiles consideraciones.

Saludos.

R.A.F.A.E.L. dijo...

Perdona mi despiste, Dizdira. Pero se me fue de la cabeza tu correo electrónico. Por eso te dejo aquí dos enlaces de tu interés:

www.kaosenlared.net/noticia/camilo-sigue-junto-al-pueblo

www.kaosenlared.net/noticia/islam-siglo xxi-fin-globalizacion-cultura-occidental

R.A.F.A.E.L. dijo...

Saludos.