viernes, 10 de abril de 2009

La comida del viernes

Mi amiga N. vive en un piso algo reducido situado en un barrio obrero . No. esto sugiere una idea algo sórdida y miserable del pisito y no es así para nada. La vivienda es luminosa y alegre y el barrio, aunque modesto, está enmarcado con jardines, césped y árboles exquisitamente cuidados. En algún lugar, en algún momento concreto, hubo un arquitecto dedicado a construir bloques para obreros lleno de sensibilidad y espíritu humanitario. Alguno habrá.
Mi amiga N. me recibe en chándal con su aspecto maternal y equilibrado de costumbre. Ya en el recibidor huele a pescado cocinándose. Ha preparado su ensalada de gulas, gambas y rape, que aquí se llama sapo, con lechugas de varios colores. Su mirada es noble y clara, pero reconcentrada, guarnecida tras un salvapantallas. Nunca adivinas qué piensa en realidad. Se permite muy pocas debilidades.
Su gata es esquiva y casi arisca, pero cuando yo voy siempre se me enrosca entre las piernas y maúlla fuerte exigiendo mimos y un trocito de pescado que luego nunca come.
Al rato llega mi otra amiga, E. Llega fatigada de subir los cuatro pisos sin ascensor de forma apresurada. Menuda y nerviosa, sus ojos que antes casi laceraban, saltan ahora de un objeto a otro sin mirarlos del todo. Su reciente maternidad parece haberla crispado en lugar de dulcificarla, que es el tópico que suele decirse sobre esto.
Llega el aperitivo. N. ofrece todo lo que tiene. Ellas pasan directamente al vino. Yo le pido una cola y en seguida entrecruzan una mirada reprobatoria. Sé lo que piensan sobre mí. Nunca se atreverían a decírmelo, pero observo una alarma respecto de mi nueva creencia. Es tan sutil como tangible.
Cada vez nos reunimos menos y tenemos menos que decirnos. La conversación transita liviana y suave, sobre temas intrascendentes. E. habla de su próxima boda sin demasiado convencimiento, como un trámite que hay que terminar cuanto antes. Nosotras sabemos que se casa por el niño y por su futuro marido, que quiere organizar un fiestón. E. desgrana comentarios, preparativos y anécdotas mirando casi exclusivamente a N., algo que no me molesta en absoluto porque me permite desconectar acariciando a la gata. No desconecto de la conversación, pero sí de su juego de miradas y asentimientos que me oprimen como un corsé demasiado estrecho.
N., por el contrario, ha adquirido la educada costumbre dde mirar alternativamente a todos los presentes. Si tuviese un segundero y pudiera cronometrarla, juraría que permanece idéntico tiempo mirando a cada una. En ella está tan automatizada esta costumbre, que lo hace de forma natural y acompasada, como el caer ligero del agua del grifo en la cocina.

El mundo de E. es su hijo y el mundo de N. su trabajo. Ambos las frustran y dan sentido a sus vidas. Mi mundo ni siquiera lo atisban. Asiento, sonrío... Me veo obligada a mentir o a ocultar cosas constantemente para no traspasar la línea de lo convencional.
Llega una merluza en salsa verde deliciosa, que no disfruto porque se me ha cerrado el estómago. Es un pellizco que se eleva hasta la gargante y desciende hasta el ombligo y apenas me permite respirar y tragar lentamente la comida. En algún momento bromeamos y hay risas estridentes, un pálido reflejo de lo que fue la unión de la adolescencia y la primera juventud. Con estos chispazos me animo, pero pronto comprendo que son solo espejismos: algo se ha roto irremisiblemente. Puedo oir el chasquido. Tiramos de nuestra amistad como de una pesada carreta, cada una en una dirección diferente. No sé si aún nos queremos, pero da igual porque no hablamos el mismo idioma. Lo más cruel del paso del tiempo es este desasimiento, este desgarro del suelo que un día pisaste y fue firme.
El sol comienza a ponerse. Son las siete. Tenemos que salir pitando porque E. debe recoger a su hijo. Nos besamos y prometemos que no dejaremos pasar tanto tiempo hasta la próxima cita, promesa que las tres sabemos que no se cumplirá. En el coche, E. y yo apenas hablamos. Le pregunto qué música lleva en su CD. Antes le encantaba la música. Pretendo romper el silencio para mí hiriente, pero E. me sale con un golpe bajo que me derriba del todo. Aprieta el play y comienza a sonar una musiquilla infantil infame. Me dice regocijada de nuevo: "ahora solo llevo en el coche música para el crío. Se la pongo para que se tranquilice."