viernes, 4 de junio de 2010

Garaudy, la resurrección y la flotilla Freedom.


La noticia de la masacre de cooperantes en tareas humanitarias por parte del Ejército de Israel, me ha hecho recordar al filósofo marxista Roger Garaudy. El motivo no es, sin embargo, el que cabría esperar: Garaudy se ha hecho famoso por un pequeño libro que publicó ya anciano titulado "Los mitos fundacionales del estado de Israel." La fama se debe sobre todo a que la justicia francesa le condenó a una cuantiosa multa y a seis meses de cárcel bajo la acusación de "negación de Crímenes contra la humanidad" y "difamación racista." Semejantes cargos le fueron impuestos por denunciar lo evidente: que el estado de Israel utiliza la persecución que sufrieron los judíos durante el régimen de Hitler para justificar sus propios crímenes contra la humanidad. Los adinerados judíos de los lobbys han acusado a Garaudy de negar los crímenes del nazismo. Parece no importarles el hecho de que Garaudy estuvo dos años en un campo de concentración nazi en la Francia de Vichy. Los que le han mandado a la cárcel sólo conocen los campos de concentración por los documentales...
Pero no era este el motivo por el que recordé a Garaudy. Lo recordé al confrontar mi fe en la resurrección con dos noticias recientes de honda significación ética, relacionadas con la masacre de la flotilla humanitaria "Freedom":
-Por un lado, unas personas que mueren asesinadas por intentar llevar alimentos a gente que está muriéndose de hambre.
-Por otro, unas personas que salen a la calle a celebrar esos asesinatos.
La significación ética no se agota solamente en que el uno sea un acto de bondad gratuíta y el otro de una igualmente gratuíta maldad. Lo inquietante es que los primeros están irremediablemente muertos, que su misión humanitaria ha fracasado y que el único fruto que ha producido su acción es la estéril indignación de la parte de la humanidad que aun puede sentir y pensar y la pena de sus amigos y familiares. Y, mientras, los segundos, o aun peor, los que han disparado a personas desarmadas o incluso dormidas, o aun peor, los que les han ordenado hacerlo, siguen vivos, han logrado lo que querían, están contentos por ello y es de prever que mueran plácidamente de enfermedad natural, homenajeados y recordados como héroes. Es muy posible, incluso, que la historia la escriban ellos y que los libros del futuro recuerden la victoria del Estado de Israel frente a la alianza mundial de sus malvados enemigos. La Biblia y los westerns nos cuentan como valerosas hazañas los cobardes genocidios de Josué y del General Custer. Los pobres indios son los malos hoy, los cowboys que los masacraron y robaron, los buenos. En un futuro los masacrados y expropiados de Palestina serán los malvados y las tropas asesinas del IDF, los buenos. Como hoy se ve sangrantemente en España, los humillados, los orpimidos, los masacrados no tienen derecho ni a la memoria.
Si el mundo funciona así, si el sentido y las leyes del mundo se reducen a esto ¿por qué no aplaudimos todos la masacre? ¿Por qué no vitoreamos al poderoso? ¿Por qué nos empeñamos en hacer lo que no nos conviene? Tales actitudes son perfectamente irracionales. El sacrificio de esas 20 vidas es perfectamente irracional: no ha servido para nada bueno. Arriesgar la vida por la del prójimo, ayudar al débil, enfrentarse al poderoso... todo esto son cosas tan absurdas como subir por las escaleras mecánicas que bajan. La única razón que encuentro para que hagamos esto es que, lo creamos o no, actuamos como si no fuéramos a morir, como si una vida infinita garantizase que, en algún siglo, en algún eón de un tiempo remoto, se va a hacer justicia: los muertos de Gaza, y los de Auschwitz y los de Ruanda resucitarán y podrán ser, por fin, felices. Y sus asesinos no quedarán sin castigo.
Pero Roger Garaudy explica esto inigualablemente bien:

"Cada uno de mis actos liberadores y creadores implica el postulado de la resurrección, pero más que ningún otro, el acto revolucionario. Porque si soy revolucionario, esto significa que creo que la vida tiene un sentido para todos. ¿Cómo podría yo hablar de un proyecto global para la humanidad, de un sentido para la Historia, mientras que millares de millones de hombres en el pasado han sido excluidos de él, han vivido y han muerto sin que su vida y su muerte hayan tenido un sentido? ¿Cómo podría yo proponer que otras existencias se sacrifiquen para que nazca esta realidad nueva, si no creyera que esta realidad nueva las contiene a todas y las prolonga, de modo que ellos puedan vivir y resucitar en ella? O mi ideal del socialismo futuro es una abstracción, que deja a los elegidos del futuro una posible victoria hecha a base del aniquilamiento de las multitudes, o todo sucede como si mi acción se fundara sobre la fe en la resurrección de los muertos. Este es el postulado implícito de toda acción revolucionaria y, más generalmente, de toda acción creadora."

Comparto plenamente este postulado, porque la resurrección no se me impone por la fe, sino por la esperanza. No es solamente la esperanza de no desaparecer, de no morir; no es únicamente un anhelo de perpetuarme yo y mis seres queridos, es también y principàlmente un anhelo de que, contra todo pronóstico, finalmente triunfe la justicia. Por eso no solo creo en un "paraíso" sino también en un "infierno". Entrecomillo ambas palabras porque nada puedo saber de algo que solo creo porque lo deseo. Por eso no es para mí un argumento en contra decir que "Dios, siendo infinitamente misericordioso. no puede castigar eternamente a nadie, por muy malvado que haya sido." Nada sé yo de la cuantificación infinita, no sé qué quiere decir que un castigo sea eterno ni si un castigo así es compatible o no con una misericordia infinita. Tampoco sé nada sobre qué grado de maldad hay que atribuir a quien disparó a un cooperante mientras dormía. Tal vez aquel soldado había sufrido un intenso lavado de cerebro y creía obrar en defensa propia. Sólo Dios conoce estas cosas.
Yo solo sirvo para anhelarlas y mi anhelo de justicia implica mi esperanza en la resurrección y en el día del Juicio.


2 comentarios:

Jose Luis Forneo dijo...

En este caso, aunque lo respeto, no comparto la relacion entre la creencia en la resurrecion y la busqueda de un proyecto revolucionario con sentido. Que el hombre no resucite, que se acabe para siempre su fugaz paso por el mundo, no implica en ningun modo que no tengamos que, como decia el che, indignarnos por la injusticia luchar porque los hombres tengan una vida digna. Luego moriran, desapareceran, pero independientemente de que resuciten o no, de lo que creamos sobre eso, el sentido de nuestra creencia en la revolucion no tiene porque cambiar: un mundo mejor para todos ahora, una vida digna para todos en la vida actual, unica o temporal, un sentimiento de dolor y de indignacion ante la injusticia y la desigualdad.

Un saludo

Dizdira Zalakain dijo...

Tal vez no me he explicado correctamente, pero no pretendía decir que el afán por cambiar el mundo presuponga la fe en una vida eterna. De hecho yo soy creyente desde hace poco y antes de serlo mis ideas políticas eran las mismas. Lo que digo yo -y lo que creo que afirma Garaudy, que también pasó del ateísmo al cristianismo y de éste al Islam- es que el anhelo de justicia nos provoca la fe en la resurrección, no al revés. Así que, como en tu caso y en tantos otros, el deseo de cambiar el mundo se da en muchas personas, pero no tiene por qué ocurrir que eso les lleve a creer en nada sobrenatural.
Esto me recuerda a una anécdota que cuenta Antonio Álvarez-Solís. En una ocasión una señora del PNV y de misa diaria le preguntó "¿Cómo puede ser Vd. comunista y sin embargo llamarse cristiano?" Y él le contestó: "Eso no es nada raro. Lo que no acabo de comprender es que Vd. se llame cristiana y no sea comunista."
Saludos.