sábado, 30 de octubre de 2010

Marcelino Camacho y el síndrome de Estocolmo.

Los medios de comunicación de masas, cuya razón de existir es el mantenimiento de las actuales relaciones de explotación, dedican desde ayer buena parte de sus esfuerzos a encomiar la figura de un hombre que, sin embargo, se destacó por querer acabar con ellas.
Ayer falleció Marcelino Camacho a la edad de noventa y dos años. Tan larga vida le ha permitido participar y, sobre todo, sufrir los terribles episodios que el siglo XX trajo a los españoles de bien. Camacho vivió dos breves etapas de esperanza en un largo siglo de desengaño y lucha estéril. La primera, durante la República, era una esperanza vitalista y fuerte, aplastada con brutalidad por el golpe militar y la guerra. La segunda, tras cuarenta años de represión y exterminio, nació enclenque y cobarde. A ésta no hubo que aplastarla con brutalidad sino que bastó envenenarla con vileza. Los juicios sobre Marcelino Camacho tienden a ser en estos días, como es de cortesía, elogiosos. Salvo los nazis de la COPE y similares, hasta los periódicos y los políticos de la derecha, junto con el monarca, dicen maravillas de él. En los últimos años de su vida, cuando ya había sido defenestrado políticamente, aún recibió premios y reconocimientos por parte de los herederos de Franco, de los jefes de los explotadores y de los periodistas a su servicio. También desde la izquierda real se le reconocen sus méritos y se destaca la coherencia de su trayectoria política frente al amarillismo de los actuales líderes del sindicato que él dirigió en su tiempo.

Camacho dimitió de su acta de diputado cuando la izquierda comenzó a venderse al capital propugnando términos eufemísticos como "pacto social." A pesar de arrasar durante cuatro congresos sucesivos de CC.OO., fue "derrotado" por Antonio Gutiérrez en el fatídico VI Congreso. Algún día habría que hablar de ese prodigio de ingeniería manipuladora con la que en las últimas décadas la oligarquía ha logrado dinamitar desde dentro las organizaciones que le resultaban incómodas mediante un hábil cóctel de coacción, engaño, soborno, manipulación psicológica y mediática, etc. Que un tipejo como Gutiérrez, gris como él solo y con el signo de Judas delatándole en cada gesto, palabra y mirada, lograse conseguir más votos en ese congreso que el carismático Camacho es un ilustre ejemplo de esa ingeniería de la que hablo.
En este punto quisiera dedicar unas letras más a Antonio Gutiérrez. En aquel momento era un niñato trepa que propugnaba la "modernización" de Comisiones Obreras. Tal modernización en resumen consistía en la entrega sin condiciones del sindicato a los brazos del Gobierno y la Patronal o, lo que es lo mismo, la claudicación de cualquier reivindicación justa a cambio de golosas subvenciones. El sindicalista "moderno" pasaba de este modo a ser no el enemigo del patrón, sino su colaborador de confianza para "sacar esto adelante."
Hoy el intrépido Gutiérrez que al estilo de un tiburón en una empresa, colaboró para que CC.OO. se vendiese a los bancos, disfruta de las clásicas recompensas que esta mafia otorga a sus ejecutivos: acta de diputado por el PSOE, con fastuosa pensión vitalicia.

Mi opinión sobre Marcelino Camacho es ambivalente, pero emocionalmente significativa. Es verdad que me falta un conocimiento directo, y que solo conozco del hombre y de sus hechos lo que otros -incluído él mismo- han contado. Pero creo reconocer en la trayectoria vital de este sindicalista un modelo que se repite en otras personas menos famosas que él pero que han atravesado una historia similar. Me refiero a todos esos hombres y mujeres, la mayoría ya fallecidos o muy ancianos, que participaron activa y heroicamente en las luchas obreras y políticas antes, durante y después de Franco. En muchos de ellos -no en todos- se detecta que las optimistas y firmes convicciones de otros tiempos se han desmoronado. Poco a poco los combativos impulsos se tornan en sumisión. Creo que es algo muy humano y explicable, porque la humana debilidad no está reñida con el comportamiento noble y ético.
Al contrario que Gutiérrez o Fidalgo, sus jóvenes y dinámicos camaradas, Camacho vivió años en condiciones verdaderamente modestas para alguien que había acumulado cargos tan importantes, en un cuarto piso sin ascensor y con su jersey de siempre, que más parecía impuesto por la necesidad económica que por la ideología. Alguien debió sentir vergüenza ajena cuando se conoció que tenía serios problemas con las escaleras dada su edad y gracias a ello fue trasladado a su actual vivienda en Majadahonda, en la que ha fallecido.
Así como Carrillo puede considerarse simplemente como un cerdo traidor y los años que pasan por él solo sirven para que el natrón de su maldad momifique aun más su conciencia, Camacho es una más de esas personas olvidadas, derrotadas por la vida, luchadores vencidos y desencantados que, más que por los años, se han vuelto miedosos y conformistas por la acumulación de traiciones que han cargado en sus espaldas. Cuentan que alguien le traicionó después de la Guerra y que ello le valió la cárcel. También vivió la traición de Casado, en la defensa de Madrid ante los fascistas. Y la de Carrillo, que le timó con el camelo del eurocomunismo. Y de sus compañeros del PCE y de CC.OO. que le mandaron a casa con una palmadita cariñosa en la espalda.
Tantas vicisitudes, tantas puñaladas, tantas decepciones no es de extrañar que generen hasta en alguien tan valiente y entero como Camacho una especie de síndrome de Estocolmo que le hacía sonreir despistada y tristemente cuando recibía un diploma de manos del heredero del dictador contra el que tanto luchó, lo mismo que cuando, puño en alto, cantaba la Internacional delante de un auditorio que se burlaba de ella.
Descanse en paz.

3 comentarios:

Bruno dijo...

No puedo atribuirme un conocimento especialmente cercano de Marcelino Camacho a pesar de haber coincidido en muchísimas asambleas, reuniones y manifestaciones de todo tipo y haber hablado con él en docenas de ocasiones, pero he compartido algunas circunstancias vividas por él (más o menos desde la muerte del dictador hasta su desaparición de la dirección de CCOO), por compartir militancia sindical, política y hasta de facción. He tenido que pararme un rato a pensar (lo he hecho esta mañana caminando hacia casa desde el cementerio civil) y han sido muchas las cosas que se agolpaban en mi cabeza y he estado a punto de escribir, pero creo que con decir que estoy bastante de acuerdo con el tono general de lo escrito por el señor Dizdira Zalakain ya es bastante. Hay un pero: no es cierto que los impulsos combativos se hayan tornado en sumisión (al igual que no todos hemos muerto o somos muy ancianos, aunque estemos casi en los sesenta), simplemente sucede que la imposibilidad real de luchar de manera constante y coherente se va imponiendo. Aquellos que sólo hemos conocido el PCE y CCOO (desde mis dieciséis años y por casi cuarenta) quizás no hemos sabido salir de la dinámica negativa, depresiva y desmotivadora que la inexistencia de un PC marxista-leninista ha supuesto para la clase obrera. Es incierto eso de que a Camacho le mandaron a casa con una palmadita cariñosa (más bien fueron muchas puñaladas a traición). Tras duras luchas internas, no especialmente limpias, fue derrotado (fuimos) y asumieron el poder los que ahora continúan en CCOO y aquellos a los que poco a poco ahora intentan echar del PCE. No he tenido ánimo suficiente para acercarme a la sede de CCOO a despedir a Marcelino, fundamentalmente por no encontrarme con los enemigos de clase que han ido a hacerse la foto (¡hasta Carrillo se ha atrevido a ir!), pero en mi fuero interno he tenido un punto de presunción al pensar que si él lo estuviera viendo habría sonreído, sin estridencias, con su sobria elegancia castellana, al ver el montaje. Salud, Marcelino. Me siento orgulloso de saber quién eres. Hasta siempre, camarada.
---debido a los problemas técnicos que he tenido para poder mandarle este comentario durante el sábado 30, se lo he mandado prácticamente idéntico al blog de Marat---

Rafael Ángel dijo...

Un artículo de opinión magistralmente escrito y que no se deja nada en el tintero.
Marcelino, q.e.p.d., me pareció un hombre leal a aquello en lo que creía y que se llevó muchos sinsabores a lo largo de su vida, causados por la felonía y el derrotismo de los que deberían haber sido compañeros/as infatigables y permanentes de sus admirables andanzas.

El hombre ha muerto. Sus pensamientos, no. Pero había un exceso de hipocresía y de cinismo en una parte considerable de los que ante micrófonos y cámaras han puesto a Camacho por las nubes con motivo del fallecimiento de éste.

No dejes de decir grandes verdades, Dizdira.

¡Salud, compañera!

Dizdira Zalakain dijo...

Muchas gracias. Qué palabras tan amables.
La verdad es que Marcelino Camacho me provoca mucha admiración pero también afecto. Por eso me duele y me desconcierta cuando veo, por ejemplo, cómo su viuda le daba un abrazo al heredero Felipe de Borbón. No sé si mi explicación "psicológica" -el síndrome de Estocolmo- será la correcta, pero éstas son las cosas de la vida que te obligan a buscar razones para una aparente sinrazón.
Salud, compañero.