miércoles, 24 de febrero de 2010

La sanadora de Hierakómpolis

Aunque en realidad se trata de un sentimiento irracional y culturalmente modificable, el respeto a los restos mortales de los seres queridos fallecidos está tan generalizado en casi todas las culturas humanas, actuales e históricas, que podría considerarse intrínsecamente humano.
Parece ser que ya los hombres de Neanderthal se preocupaban de enterrar a sus difuntos y de espolvorearlos con un ocre rojo que, según Mircea Eliade, simbolizaba la vida. Dar sepultura o incinerar a los seres queridos ha sido, pues, desde hace miles de años, un básico acto de piedad. La tragedia de Antígona surge al cumplir ésta con la obligación de proporcionar a su hermano un entierro digno. Este sentimiento de mera compasión hacia los restos de quien fue un ser querido y que ahora, convertido en materia inerme y degradada, ya no se puede defender, enseguida ha sido trasladado como elemento esencial de muchas religiones.

En el Egipto anterior a los faraones y las pirámides, las pequeñas comunidades de agricultores y pescadores que ocupaban las orillas del Nilo, ponían un especial cariño en los enterramientos de sus seres queridos. Los colocaban en una posición fetal similar a la que se adopta al dormir. Les proporcionaban esterillas abajo y arriba, y hasta una almohada, como en las camas de los vivos. Si los fallecidos eran niños pequeños, cuando la madre fallecía, procuraban enterrarla donde ellos, se entiende que para que los protegiera y guiara en la otra vida. A veces también aparecen mascotas enterradas junto con sus dueños. Las paredes de la fosa se enlucían con adobe, para hacerla más "habitable". Pero lo más llamativo es la cantidad de objetos que se colocaban al lado del muerto.

Hace 5.500 años, en lo que luego fue la gran ciudad de Nekhen (a la que los griegos denominaron Hierakompolis) una mujer de 50 años y que se había dedicado toda su vida a curar y aliviar las enfermedades de sus vecinos, moría sin poder remediarlo ella misma. No hubo quien no lo lamentara sinceramente, porque era una mujer sabia que había puesto sus conocimientos al servicio de los demás. Era esta mujer experta en hierbas y resinas, con las que elaboraba perfumes y remedios curativos. Cuando hubo que enterrarla le prepararon una fosa especialmente holgada, la cubrieron con delicadas esteras de juncos y le fabricaron una almohada. Entraron en su casa y vieron allí sus hierbas, sus pequeños utensilios de curandera y también sus objetos más personales y queridos: sortijas, colgantes, amuletos y una encantadora paleta con forma de pájaro que en aquella época se utilizaba para moler los pigmentos utilizados para el maquillaje. ¿Qué iban a hacer con esos objetos? ¿Quién iba a saber utilizarlos tan bien como ella? ¿Y ella? ¿Qué iba a hacer ella en su otra vida sin esos objetos que tanto quería, que tan bien sabía utilizar?
Así que cogieron una bolsita de cuero en la que guardaba sus hierbas medicinales y se la pusieron en la mano. Bajo la almohada le colocaron otra con sus objetos más queridos. Otros objetos los colocaron en bonitos recipientes de cerámica, de color rojo y con el borde superior en negro, como era la moda en la época. Le recogieron el pelo en un penacho, como a ella le gustaba llevarlo, la cubrieron con otra estera y se despidieron para siempre.
Su fama perduró mucho tiempo. Cuando un niño moría, lo enterraban a su lado, para que los cuidase y los curase de sus enfermedades, como hiciera en vida. Al final cayo en el olvido hasta que en 2003, muchísimos siglos después, un equipo de arqueólogos dirigidos por Renée Friedman encontró su tumba. Sacaron fotos a todo, analizaron meticulosamente cada objeto, comprobaron que la bolsita que tenía en sus manos contenia hierbas como eneldo o menta y también resina de cedros del Líbano, situados más de 1000 kms. al norte. Analizaron sus huesos, fotografiaron su calavera, en la que aun sobrevivia, seco como el esparto, el penachito con el que fue enterrada.

No sé dónde andarán ahora sus huesos. Quizá en algún sótano de un museo, en un cajón numerado. Seguramente ya no tiene en las manos su bolsita de hierbas, ni sus pequeños cacharros que con tanto cariño le habían preparado para su estancia en el otro mundo. También estará separada de los niños con los que había "convivido" durante los últimos cinco mil años. La sonriente arqueóloga americana afirma estar muy contenta porque han descubierto cosas muy interesantes sobre la cultura Nagada II gracias a "Matty" -así han llamado a la curandera predinástica.

A todos nos parece estupendo. Es el tipo de cosas en las que uno no piensa, porque requiere el penoso esfuerzo de pensar distinto. Pero pensemos empáticamente: a veces la empatía nos lleva a caminos muy alejados de las convenciones sociales por las que todos transcurrimos como por raíles.
En el equipo de Friedman seguramente habría gente religiosa. Muy probablemente cristianos y musulmanes. Incluso los agnósticos o ateos del grupo habrán enterrado ya a algún ser querido. Es muy probable que, durante la sentida ceremonia, pensaran en cosas algo distintas a las que pensaron los amigos de Matty, la bruja del Nilo: por ejemplo, quizá creyeron vagamente que tal vez algún día se reunirían con ellos en el cielo o algo parecido. Pero en general, pensaron cosas semejantes.
Y es que la pérdida de un ser querido es algo muy similar en todos los tiempos. Seguramente los arqueólogos no vistieron a sus familiares de cualquier manera al enterrarlos, y eligieron una caja de buena madera. ¿Les gustaría enterarse a estos arqueólogos, desde Egipto, de que un perturbado ha extraído los restos de sus familiares enterrados en el cementerio de cierto condado de Arkansas y los ha metido en diversos cajones de su casa? ¿Les gustaría ver expuestos en revistas y en museos los huesos de sus padres, con reglas de medir al lado, con un post-it adherido, sostenidos por un sonriente hombre de ciencia, que les ha puesto un gracioso nombre diminutivo? Lo dudo mucho.
Profanar tumbas es un delito en casi todos los países del mundo. En España viene expresamente recogido en el Código Penal. Si esto es así, y si ha sido así desde siempre. ¿por qué nos parece correcto ver a momias, esqueletos y cadáveres plastinados mostrados en su horrible estado de degradación física, desnudos, indefensos, humillados ante el curioso público?
La única respuesta que encuentro a esto es que se trata de muertos antiguos. Ya nadie los reclama. En el caso de Matty, que es tan asombrosamente antigua, ni siquiera ya nadie cree en la religión que llevó a sus amigos a colocarle todos esos objetos en la confianza de que la acompañarían para siempre. Los judíos más ortodoxos creen a pies juntillas que tras el Dia del Juicio el cuerpo físico resucita. Por eso no toleran que ninguna tumba judía por antigua que sea, resulte profanada. No valen argumentos científicos. Podremos reírnos de esta creencia, también podremos lamentar que sean tan piadosos para sus muertos y tan criminalmente sádicos para los muertos -y los vivos- de los palestinos. Pero no nos estamos planteando si ciertos judíos que no respetan a los demás merecen respeto, sino simplemente si desenterrar cadáveres y exponerlos en un museo no es una terrible falta de respeto de la que no somos conscientes.
No estoy diciendo con esto que los arqueólogos sean unos malvados sin corazón. Lo que ocurre es que ni ellos ni nosotros somos conscientes de que algo en realidad está mal, sólo porque estamos acostumbrados a hacerlo y nunca nadie nos lo había hecho notar.
Así pues, ¿no es justo respetar algo que para la mayoría de la gente es tan importante? ¿Por qué Matty o Tutankhamon iban a merecer menos respeto que nuestros padres?
Si la famosa maldición de Tutankhamon fuese algo más que una leyenda, yo la hubiera aprobado. Aquellas personas pusieron todos los medios a su alcance, muchos y suntuosos el faraón, pocos y humildes Matty, para que su cuerpo fuese respetado y preservado tal y como lo dejaron. De ello creían que dependía nada menos que su vida eterna. ¿Por qué nos parece tan absolutamente normal pisotear ese derecho, el derecho de descansar en paz?

(Para más detalles sobre la historia de Matty, consultar aquí)

3 comentarios:

bLuEs dijo...

Mira que me da rabia la gente que con cualquier pretexto “spamea” sus propios blogs en los comentarios de los blogs de los demás y yo termino haciendo lo mismo. Lo peor es que seguramente no será la última vez.

Resulta que hace años escribí una bazofia escribí una bazofia que todavía me da vergüenza recordar pero que en esencia habla también sobre lo paradójico e irrespetuoso de este tema de saltarse los ritos de los demás. Lo curioso es que pertenece a mi “época pre-religiosa” en la que, además de ser ignorante de los asuntos religiosos era también inconsciente de todos estos asuntos. Digo curioso porque pese a estar al margen de la religión parece que a la hora de hablar de estos temas debía de sentir una especie de respeto innato. De todo esto no me había dado cuenta y únicamente ahora, después de ver tu texto y acordarme del mío, he comprendido que así era.

Después de estos momentos de rienda suelta de mi ego-vanidad veamos si soy capaz de superar en alguna medida mi narcisismo y saltar un poco al “otro lado”, al texto de la entrada.

Me ha gustado mucho que tan acertadamente hayas sabido vincular ritos funerarios con religión (aunque así dicho pueda parecer obvio). Precisamente en esos momentos es cuando la razón ya no sirve y hay que asirse a la vida de otra forma. Que este tipo de “cuidados” haya estado siempre presente en todas las culturas y desde los comienzos de la humanidad es otro dato más que habla de lo arraigado que está en el ser humano (y no creo que lo esté para mal).

Últimamente vengo confirmando lo que ya me sospechaba. Que entre las personas vinculadas a la religión honestamente (excluyo usos bastardos al estilo de Hobbes y similares) hay un porcentaje bastante alto de personas que o directamente son huérfanos (Pikaza, por ejemplo) o han pasado por tragedias similares. Se podría decir que, en condiciones normales, todos acabaremos por ser huérfanos de alguna manera ya que lo normal será que nuestros padres marchen antes que nosotros. Pero la orfandad se circunscribe a los menores de edad porque es algo muy distinto quedarse sin padres a esa edad que cuando se es adulto. A mi modo de ver la herida que siempre se produce en estos casos tiene ocasión de cicatrizar cuando se es adulto, pero en la infancia no sucede así. En la niñez la herida no cicatrizará nunca porque un niño no tiene formada su visión del mundo y ésta se conformará pasando ineludiblemente por este suceso. Por eso también creo que un verdadero huérfano es un desamparado de por vida.

Volviendo con el tema de los “saqueos” no queda otra que ver el motivo en este “haber pasado de moda” que mencionas. Me gustaría que alguna de estas personas se pusiese a dar una cifra que separe cuando hay que respetar a un muerto y cuando podemos hacer lo que nos venga en gana. Cinco años muerto no da para expoliarlo, ¿quizás cuarenta?, ¿noventa?. Ni siquiera es cuestión de creer o no creer que son ciertas las prácticas religiosas de los demás. Es una cuestión de respeto.

De pequeño no entendía por qué la gente pasa encima de las tumbas que hay en las iglesias pisándolas como si nada. A mí siempre me ha parecido una falta de respeto.

Un abrazo.

Alto Sil dijo...

Cuando la fama está de por medio, no hay respeto que valga. Alguien dijo que es muy raro encontrar a alguien que combine una mente brillante con un corazón compasivo. Yo comparto esa opinión, y por eso quizá mecánicamente siempre desconfío inicialmente de todas las personas que destacan en algo, hasta que no tenga tiempo de analizar si realmente esa persona pertenece a las excepciones (sí, yo todavía busco la compañía de los 'buenos' y rehúyo la de los 'malos').

Un arqueólogo que descubra un enterramiento de estas características, que lo vuelva a dejar como estaba, y no publique las imágenes de lo que ha encontrado, está renunciando al sueño de la fama, el prestigio profesional, y a que se le abran muchas puertas profesionales a partir de ese momento.

Cuando encontraron el cuerpo congelado e incorrupto de Mallory en el Everest hace unos pocos años (murió allí en 1924), no pudieron evitar fotografiarlo y vender sus imágenes (de hecho, la expedición fue allí exclusivamente a buscar el cuerpo de Mallory o Irvine). Hubo mucha polémica al respecto. Como el cuerpo no lo podían sacar de allí, lo taparon con piedras para "que no lo encontraran los saqueadores", como si ellos, que se llevaron consigo cuantos objetos pudieron, no fueran tales, y negando así también la posibilidad de que otros hicieran dinero a costa de Mallory, igual que lo hicieron ellos.

Me imagino que si hubieran dejado los restos de 'Matty' donde estaban, y hubieran difundido el hallazgo, de la noche a la mañana hubieran limpiado la tumba saqueadores legales (que se hubieran llevado los restos a un museo o almacén de su elección) o ilegales (exactamente igual que limpian de imágenes cualquier capilla de pueblo, para luego venderlos a algún coleccionista). En ese sentido, están más seguros los restos de Matty en un museo. La otra opción hubiera sido poner guardias de seguridad día y noche en el lugar, pero eso es ridículo, porque ni en nuestro país están protegidos físicamente muchos monumentos.

La única opción válida en que se podría combinar la investigación arqueológica con el respeto, hubiera sido la de dejar todo en su sitio, y aunque se difundieran las imágenes y los resultados de la excavación, no indicar el lugar donde se encuentran. Aunque seguramente esto tampoco funcionaría, porque un equipo de arqueólogos no pasa desapercibido, y atando cabos, el interesado en encontrarlos los encontraría.

Dizdira Zalakain dijo...

Blues:
Yo también he experimentado una sensación semejante durante mis años de ateismo. Quizá el respeto por los antepasados aunque sean tan remotos, no tenga que ver tanto con la religión entendida como una práctica sino con el sobrecogimiento que te produce saber que estás entrometiéndote en los deseos de alguien que te precedió.
Me he quedado dándole vueltas a la idea de orfandad que comentas. La verdad es que no dejas de sorprenderme. Al principio, no encontraba relación alguna pero, pensándolo bien, es muy pertinente. Yo he perdido a mi padre cumplidos los treinta pero creo que la sensación de orfandad, de desamparo, no me abandonará nunca. Por cierto, tengo un amigo muy cercano al que le ocurre lo mismo con las sepulturas de las iglesias, hasta tal punto que da rodeos para evitar pisarlas y no es creyente, así que no debe ser tan raro.

Alto Sil:
Yo comprendo que es preciso investigar el pasado y no sé dónde puede estar el punto justo. De hecho, los arqueólogos de esta excavación comentaban que han tenido que trabajar a ritmo acelerado porque, desde la construcción de la presa de Asuán, se han ampliado mucho las zonas de cultivo ganadas al desierto y los restos de Matty se encontraban a pocos metros de las zonas que ya estaban siendo explotadas agrícolamente. Estoy segura, también, de que muchos investigadores son bienintencionados. Pero yo no podría evitar esa sensación de estar violando un ámbito privado. Otra cosa es, además, el espectáculo mediático y consumista que se monta en torno a cualquier resto. Como cada vez más los científicos dependen de instituciones privadas, a cambio de su subvención éstas exigen circo, para cobrar entrada. Lo que comentas del Everest, por ejemplo, me parece un escándalo. Es lo que ocurre cuando el dinero manda en el mundo.
Gracias y saludos a ambos.