Trintxerpe es un barrio de Pasaia, el pueblo que se extiende a ambos lados de la angosta bocana del puerto del mismo nombre. A principios del siglo pasado los dueños de poderosas flotas de altura que iban a pescar bacalao a Terranova prefirieron alejar de la pija Donosti las actividades económicas, tan ruidosas y feas de ver y ubicarlas en la vecina localidad de Pasaia. Pero les faltaba mano de obra barata: el minifundio guipuzcoano impedía que los arrantzales vascos aceptasen unas condiciones de trabajo como las que exigían los patronos. Así que contrataron a trabajadores gallegos, cuya situación de casi miseria les permitía aceptar cualquier empleo en el que al menos les dieran de comer. Pronto los trabajadores gallegos se organizan para reivindicar unas condiciones dignas de trabajo y en 1931, recién inaugurada la República, una manifestación de protesta camino a Donosti es reprimida por la Guardia Civil a la altura de Ategorrieta, dejando a seis trabajadores muertos. Como datos reveladores de aquello de que los tiempos no cambian, digamos que el gobernador civil, Ramón María Aldasoro, el que prohibió la manifestación y ordenó disparar era del partido de Azaña -el equivalente a los sociatas de ahora- o que la UGT se opuso a la manifestación.
Durante el franquismo y especialmente en los 60 y 70 llegaron más trabajadores gallegos a Trintxerpe. La prosperidad de la que en aquellos tiempos gozó la comarca les debe mucho. Pero si Trintxerpe es denominada hoy la quinta provincia gallega, es también por la sana costumbre de apreciar y cocinar el marisco, algo que nunca ha sido la especialidad de los vascos.
El entorno del Maritxu no es ciertamente lo mejor que puede ofrecer. Está situado en una fea avenida al más puro estilo desarrollismo franquista. El local tampoco es grande que digamos. Tras una estrecha pero bien surtida barra cuyos pintxos siempre me quedo con ganas de probar, está el comedor, en forma de L, que apenas es capaz de albergar una docena de mesas en teoría para cuatro personas. En teoría, porque os aseguro que no hace falta estar muy gordo para que los de dentro se aplasten contra la pared y los de fuera deban colocar la pierna fuera de la mesa. Cuando todas las mesas están ocupadas, cosa frecuente dado el éxito del local, puede llegar a resultar un poco agobiante, especialmente si entre los comensales hay niños gritadores o adultos que no comprenden que no es necesario berrear para hablar de tus cosas con alquien al que tienes sentado hombro contra hombro.
Estos pequeños problemas, digamos logísticos, se ven compensados con la calidad y el precio de los platos. El elemento estrella del menú evidentemente es la parrillada de marisco, pero la economía no está para estas alegrías y elegimos otras cosas.
Aunque el restaurante tiene algunas especialidades en carnes, está claro que la mayoría se decide por el pescado y/o marisco, que para eso está en Trintxerpe.
Nosotros pedimos de primeros una sopa de pescado, que estaba aceptable, una ensalada Maritxu, con txangurro como ingrediente estrella, abundante y riquísima y un revuelto de hongos con buena calidad de materia prima.
De segundo yo me pedí lo que siempre me pido en este restaurante, al que vengo acudiendo desde niña, merluza rellena. En ningún lugar la he probado tan deliciosa como aquí, y eso que no soy yo muy aficionada a la merluza, pescado que me resulta más bien insípido. También pedimos txipirones a la plancha, presentados sobre un lecho de patata y decorados con aros de pimiento verde crudo. Y, recomendado por el dueño, un rodaballo a la plancha, en teoría para dos personas, pero que sirvió para una, presentado en apetitosos tacos limpios de espinas, de sabor y consistencia perfectos.
A mí no me afectó porque no bebo vino, pero mis compañeros de mesa tuvieron una curiosa experiencia con el tinto. Primero pidieron un Azpilicueta. No había, El dueño sugirió un Muga o un Marqués de Cáceres. Pidieron este último. Pero al final apareció la camarera con un Cune. En fin...
Los postres no estuvieron mal del todo, ni los cafés. Pero se nos atragantaron pensando que una sociedad alienada y teledirigida nos iba a mandar en breve a la puta calle por degenerados, viciosos y genocidas. Así que desistimos de la tertulia de sobremesa y salimos temprano a la calle con la misma prisa con la que se sale de un McDonalds y nos fuimos corriendo en coche a casa para poder ejercer en privado nuestra iniquidad: charlar tomando un café y fumando un puro, suicidándonos unos a otros con nuestras volutas de tabaco.
Estos pequeños problemas, digamos logísticos, se ven compensados con la calidad y el precio de los platos. El elemento estrella del menú evidentemente es la parrillada de marisco, pero la economía no está para estas alegrías y elegimos otras cosas.
Aunque el restaurante tiene algunas especialidades en carnes, está claro que la mayoría se decide por el pescado y/o marisco, que para eso está en Trintxerpe.
Nosotros pedimos de primeros una sopa de pescado, que estaba aceptable, una ensalada Maritxu, con txangurro como ingrediente estrella, abundante y riquísima y un revuelto de hongos con buena calidad de materia prima.
De segundo yo me pedí lo que siempre me pido en este restaurante, al que vengo acudiendo desde niña, merluza rellena. En ningún lugar la he probado tan deliciosa como aquí, y eso que no soy yo muy aficionada a la merluza, pescado que me resulta más bien insípido. También pedimos txipirones a la plancha, presentados sobre un lecho de patata y decorados con aros de pimiento verde crudo. Y, recomendado por el dueño, un rodaballo a la plancha, en teoría para dos personas, pero que sirvió para una, presentado en apetitosos tacos limpios de espinas, de sabor y consistencia perfectos.
A mí no me afectó porque no bebo vino, pero mis compañeros de mesa tuvieron una curiosa experiencia con el tinto. Primero pidieron un Azpilicueta. No había, El dueño sugirió un Muga o un Marqués de Cáceres. Pidieron este último. Pero al final apareció la camarera con un Cune. En fin...
Los postres no estuvieron mal del todo, ni los cafés. Pero se nos atragantaron pensando que una sociedad alienada y teledirigida nos iba a mandar en breve a la puta calle por degenerados, viciosos y genocidas. Así que desistimos de la tertulia de sobremesa y salimos temprano a la calle con la misma prisa con la que se sale de un McDonalds y nos fuimos corriendo en coche a casa para poder ejercer en privado nuestra iniquidad: charlar tomando un café y fumando un puro, suicidándonos unos a otros con nuestras volutas de tabaco.
En el coche de vuelta vimos la chatarra humeante que se amontonaba en el puerto de Pasajes, enfrente de las renegridas fachadas de Pasai Antxo. Luego vimos las chimeneas de la industria papelera de Rentería nublando de densas nubes de olor sulfuroso el aire de la Alameda, la calle principal de la localidad en la que la fábrica está ubicada, donde los niños suelen jugar con unas atracciones de feria. El autobús que hacía su último servicio del día a Oiartzun iba delante de nosotros, dejando escapar sus pesadas posaderas un chorro de humo denso y untuoso.
.















