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sábado, 22 de enero de 2011

Comiendo fuera. Hoy: Maritxu, en Trintxerpe.

Al acabar el año 2010 entró en vigor la Pragmática del Reino contra los fumadores que, según la OMS, matamos a 165.000 niños cada año. Sí, es la misma OMS que se inventó el año pasado lo de la Gripe A para que Glaxo y Roche se forraran a vender vacunas peligrosas y/o inútiles a costa de los erarios públicos de todo el mundo. A pesar de ello, pocos días después de entrar en vigor la ley, y aun en pleno estado de Alarma decretado por nuestro querido gobierno, decidimos ir a celebrar la amistad con una cena al Maritxu, un restaurante que lleva medio siglo en Trintxerpe y que, como todo bar con fumadores, habrá asesinado, el también, a cientos de personas.
Trintxerpe es un barrio de Pasaia, el pueblo que se extiende a ambos lados de la angosta bocana del puerto del mismo nombre. A principios del siglo pasado los dueños de poderosas flotas de altura que iban a pescar bacalao a Terranova prefirieron alejar de la pija Donosti las actividades económicas, tan ruidosas y feas de ver y ubicarlas en la vecina localidad de Pasaia. Pero les faltaba mano de obra barata: el minifundio guipuzcoano impedía que los arrantzales vascos aceptasen unas condiciones de trabajo como las que exigían los patronos. Así que contrataron a trabajadores gallegos, cuya situación de casi miseria les permitía aceptar cualquier empleo en el que al menos les dieran de comer. Pronto los trabajadores gallegos se organizan para reivindicar unas condiciones dignas de trabajo y en 1931, recién inaugurada la República, una manifestación de protesta camino a Donosti es reprimida por la Guardia Civil a la altura de Ategorrieta, dejando a seis trabajadores muertos. Como datos reveladores de aquello de que los tiempos no cambian, digamos que el gobernador civil, Ramón María Aldasoro, el que prohibió la manifestación y ordenó disparar era del partido de Azaña -el equivalente a los sociatas de ahora- o que la UGT se opuso a la manifestación.
Durante el franquismo y especialmente en los 60 y 70 llegaron más trabajadores gallegos a Trintxerpe. La prosperidad de la que en aquellos tiempos gozó la comarca les debe mucho. Pero si Trintxerpe es denominada hoy la quinta provincia gallega, es también por la sana costumbre de apreciar y cocinar el marisco, algo que nunca ha sido la especialidad de los vascos.


El Maritxu es en este sentido un buen ejemplo de cocina vasca con toques gallegos. Su actual dueño no es gallego, sino un señor de Salamanca, Juan Manuel Martín, creo que se llama, que nos atendió con mucha simpatía y nos recomendó cosas que, en efecto, estaban muy ricas.
El entorno del Maritxu no es ciertamente lo mejor que puede ofrecer. Está situado en una fea avenida al más puro estilo desarrollismo franquista. El local tampoco es grande que digamos. Tras una estrecha pero bien surtida barra cuyos pintxos siempre me quedo con ganas de probar, está el comedor, en forma de L, que apenas es capaz de albergar una docena de mesas en teoría para cuatro personas. En teoría, porque os aseguro que no hace falta estar muy gordo para que los de dentro se aplasten contra la pared y los de fuera deban colocar la pierna fuera de la mesa. Cuando todas las mesas están ocupadas, cosa frecuente dado el éxito del local, puede llegar a resultar un poco agobiante, especialmente si entre los comensales hay niños gritadores o adultos que no comprenden que no es necesario berrear para hablar de tus cosas con alquien al que tienes sentado hombro contra hombro.
Estos pequeños problemas, digamos logísticos, se ven compensados con la calidad y el precio de los platos. El elemento estrella del menú evidentemente es la parrillada de marisco, pero la economía no está para estas alegrías y elegimos otras cosas.
Aunque el restaurante tiene algunas especialidades en carnes, está claro que la mayoría se decide por el pescado y/o marisco, que para eso está en Trintxerpe.
Nosotros pedimos de primeros una sopa de pescado, que estaba aceptable, una ensalada Maritxu, con txangurro como ingrediente estrella, abundante y riquísima y un revuelto de hongos con buena calidad de materia prima.
De segundo yo me pedí lo que siempre me pido en este restaurante, al que vengo acudiendo desde niña, merluza rellena. En ningún lugar la he probado tan deliciosa como aquí, y eso que no soy yo muy aficionada a la merluza, pescado que me resulta más bien insípido. También pedimos txipirones a la plancha, presentados sobre un lecho de patata y decorados con aros de pimiento verde crudo. Y, recomendado por el dueño, un rodaballo a la plancha, en teoría para dos personas, pero que sirvió para una, presentado en apetitosos tacos limpios de espinas, de sabor y consistencia perfectos.
A mí no me afectó porque no bebo vino, pero mis compañeros de mesa tuvieron una curiosa experiencia con el tinto. Primero pidieron un Azpilicueta. No había, El dueño sugirió un Muga o un Marqués de Cáceres. Pidieron este último. Pero al final apareció la camarera con un Cune. En fin...
Los postres no estuvieron mal del todo, ni los cafés. Pero se nos atragantaron pensando que una sociedad alienada y teledirigida nos iba a mandar en breve a la puta calle por degenerados, viciosos y genocidas. Así que desistimos de la tertulia de sobremesa y salimos temprano a la calle con la misma prisa con la que se sale de un McDonalds y nos fuimos corriendo en coche a casa para poder ejercer en privado nuestra iniquidad: charlar tomando un café y fumando un puro, suicidándonos unos a otros con nuestras volutas de tabaco.

En el coche de vuelta vimos la chatarra humeante que se amontonaba en el puerto de Pasajes, enfrente de las renegridas fachadas de Pasai Antxo. Luego vimos las chimeneas de la industria papelera de Rentería nublando de densas nubes de olor sulfuroso el aire de la Alameda, la calle principal de la localidad en la que la fábrica está ubicada, donde los niños suelen jugar con unas atracciones de feria. El autobús que hacía su último servicio del día a Oiartzun iba delante de nosotros, dejando escapar sus pesadas posaderas un chorro de humo denso y untuoso.



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jueves, 11 de noviembre de 2010

Comiendo fuera. Hoy: Intxixu, en Oiartzun

Intxixu, además del nombre del restaurante al que fuimos el otro día, es el de uno de los muchos personajes de la mitología vasca. Se trata de una especie de genio o diablillo que se supone habitaba en las minas de Arditurri, en Oiartzun. Se cuenta que es un ser esquivo y aficionado a las trastadas: especialmente dar sustos a la gente. Muy pocos lo han visto, aunque los perros son capaces de detectar su presencia: cuando un perro se pone a aúllar sin motivo, es porque Intxixu anda cerca. Parece que una vez un guardabosques se lo encontró a la entrada de las minas y tal fue su susto que no paró de correr hasta llegar al Ayuntamiento, donde dio parte del hallazgo. Por lo visto, Intxixu posee una apariencia mitad humana, mitad betizu. Y así es como aparece en los carnavales de Oiartzun, como en esta magnífica foto que me he permitido coger de la página de Flickr de Karmele Urruzuno. En fin: un tío majo, Intxixu, a pesar de su mala fama.

Y ahora hablemos del restaurante. El Intxixu es de los de toda la vida -en el pasado funcionaba como asador y se comía de lujo. Pero hace ya un par de años ha sido reabierto por gente nueva que le ha dado un aire y una orientación también nuevas. El local no pretende aspirar a Guía Michelín -mira que es estúpido el nombre ¿cómo puede llamarse Guía Miguelito algo que pretende ser tan exclusivo?- simplemente aspira, parece ser, a dar de comer magníficamente por un precio muy ajustado. Una aspiración loable y, además, hecha realidad.
Ofrece menú del día entre semana, carta y, lo mejor, un menú degustación de viernes a domingo ¡por el increíble precio de 18€! Encima, el menú varía cada fín de semana, cosa nada común.
El que probamos nosotros consistía en tres entrantes, plato fuerte y postre. Los entrantes eran
-Tostada de jamón de pan tierno y crujiente y frotada con ajo -no veas lo que les alegró a mis amigos que yo no pueda comer cerdo, porque debía estar buenísima.
-Un también crujiente y ligero hojaldre de puerros.
-Y una sabrosísima ensalada templada de escarola y langostinos.
El plato fuerte consistió o en una brocheta de langostinos y chipirones o en un taco de buey fileteado con salsa de Treviso. La brocheta parecía quizá algo escasa, sus chipirones no podían estar más tiernos -aunque sí podrían haber estado más sabrosos. El buey también resultó un poco escaso, pero por lo demás tanto la salsa como la carne estaban mejor que bien.
Unas torrijas muy bien presentadas y tiernas y un pelín demasiado dulces sirvieron de postre. También había disponibles una copa de ciruelas al Armagnac.
En cuanto al local, no tiene ningún lujo, pero es pulcro y está todo muy bien cuidado. El personal es eficiente y de lo más simpático, lo mismo los cocineros que las camareras.
El único defecto del local está relacionado precisamente con el hecho de ser bueno, bonito y barato: estaba petado. De padres, de madres, de abuelos, de cuñados, de yernos, de nueras, de una decena de niños... y todos ellos gritando como solo lo saben hacer los vascos cuando se ponen a comer y a beber en una mesa para doce: como condenados. Para colmo, el comedor posee una sonoridad que no ayuda precisamente a disimular el jaleo. Si te gusta sorber la sopa o haces ruido al masticar, los domingos familiares en Intxixu son ideales: nadie se dará cuenta de nada.
Pero bueno, qué culpa tienen ellos de estas cosas. De hecho, me maravilla la absoluta tranquilidad y eficiencia con la que, a pesar de todo el follón, eran capaces de moverse las camareras.
Como Intxixu no tiene web, dejo aquí los datos:

Ihurrita Bidea, 10 -Oiartzun
Tfno: 943491100.


jueves, 30 de septiembre de 2010

Comiendo fuera. Hoy: Zuberoa.

Pues no, no sé cuántas estrellas Michelín tiene ahora mismo, ni cuántas tuvo otros años este restaurante. Las estrellas Michelín me merecen tanta confianza como el sello de Microsoft en un programa informático o la lista de los 40 Principales. Vamos, que cada estrella Michelín que ostenta un restaurante es para mí como una señal de peligro. Prefiero no imaginarme cómo se obtienen o cómo se pierden estas estrellas infamantes porque si lo hago se me quitan las ganas de comer.
Afortunadamente, estrellado o no, Zuberoa está ligado a algunos buenos recuerdos del pasado. Cuando había que celebrar algo muy especial, una manera de tirar la casa por la ventana -costumbre en verdad muy vasca- era encargar mesa donde Arbelaitz.
El restaurante Zuberoa se encuentra en Iturriotz, uno de los barrios de Oiartzun. El barrio era muy bonito hasta hace poco. Además del entorno natural, cuenta con edificios de cierta solera y belleza, como el caserío donde se ubica el propio restaurante y la casa-torre del siglo XIV. La casa-torre amenaza ruina desde hace tiempo, pero no hay dinero para restaurarla. Para lo que sí que hay es para construir unos preciosos bloques de pisos y una utilísima rotonda. Sugiero añadir un macropárking subterráneo y una plazoleta cuadrada con columpios de colores y suelo blando de caucho y poliuretano. Un Museo del Estropajo de Aluminio diseñado por Moneo ya sería demasiado pedir. Pero soñar es gratis...

Afortunadamente el caserío del siglo XVI en que se encuentra Zuberoa se mantiene en su rincón arbolado un poco al margen de tanto destrozo y no muy distinto a como lo recuerdo en mi infancia. Además del comedor principal, que está situado en una terraza cubierta, tan cubierta que apenas es terraza, Zuberoa tiene comedores privados, que no he tenido el honor de utilizar nunca. En cualquier caso, la decoración y el estilo del salón es sobrio y elegante, sin ese diseño minimalista propio de heladerías y cajas de ahorros. Como el aire se colaba por uno de los laterales y el día era un poco húmedo, habían encendido las clásicas estufas de terraza con forma de seta (que, ante la inminente y orwelliana ley anti-tabaco va a ser el único recurso del hostelero para no arruinarse.)
El servicio también es excelente. Los platos se sirven a su tiempo, el trato está en el punto perfecto de amabilidad y discreción y todo funciona con la suavidad y facilidad con que lo hace un engranaje bien diseñado.
Pero vamos a lo importante en un restaurante. Aunque Zuberoa está considerado como sitio de lujo, no hay que confundirse: aquí se viene a comer, no a hacer meditación zen mientras masticas un trozo de molleja con plastidecor sometida a una cadena de quemado en frío... Sí, estoy pensando en el maestro de las cremaciones, liofilizaciones y combustiones controladas (bueno, a veces no tan controladas.) Tengo entendido que en estos momentos, nuestro Nerón se encuentra en Shangai. Esperemos que le vaya todo bien. El sistema penitenciario chino es estricto y no queremos que el mundo se pierda a ese gran artista.
Estas invectivas las pongo de aperitivo para que, así, teniéndolas presentes, los platos que vengan a continuación resulten mucho más dulces por contraste.
Al elegir el menú, sin darnos cuenta más que cuando ya estaban pedidos los platos, nos salió un menu sinfónico, con sus leit motiv y todo. Los leit motiv eran el bogavante y el pichón. Es verdad que cuando voy al bar y me pido un pincho de tortilla de bacalao y una croqueta de idem, ya estoy haciendo un almuerzo sinfónico. Pero cuando se va a estos sitios tan sibaritas no es posible evitar la pedantería. No quiero ni pensar la fuerza de voluntad que debe tenerse si se trabaja en ellos un día tras otro. Que se lo digan a nuestro Lucio Domitio Claudio.

Empezamos, pues, con una ensalada de bogavante. Llevaba una vinagreta de trufas increíblemente deliciosa. Los trozos de bogavante no eran rácanos y su textura y sabor los que cabe esperar de tan selecto crustáceo.
También llevaba trufas el risotto con foie-gras y salsa de pichón, quizá el plato más delicioso de los cuatro que pudimos probar. El arroz se presentaba de manera absolutamente tradicional y no, como cabía esperar en un sitio de este nivel, adoptando forma de espiral de Moebius. Ni que decir tiene que el punto del risotto era perfecto, con la untuosidad característica. Los generosísimos trozos de foie no podían tener una textura más fina y un sabor más intenso y la salsa de pichón, muy sabrosa, anticipaba el pichón asado que nos aguardaba en el segundo plato. El dato más alarmante de todos es que el plato era inmenso. Es como si te lo hubiese puesto la abuela. ¿Que hace una ración como tú en un sitio como este?

El bacalao ajoarriero con bogavante consistía en exactamente lo que su nombre indica y, en este sentido, puede considerarse como un generoso 2x1. Muy buenos tanto el bogavante, que ya había sido probado en la ensalada, como el bacalao. Eso me recuerda que tengo que hacer ajorriero un día en casa. Ya os contaré cómo me sale.

El pichón asado al romero se presentaba, tal como puede verse en la foto, de esta guisa tan tradicional y apetecible y con romero de ese que se coge del campo, no de los que vienen en bote. Me extraña, de todos modos, porque a Zuberoa no le he visto jardín de hierbas en la entrada. (Sí; esto es otra indirecta contra el augusto -a ver si no me termina pasando como a Lucano.)
No tomamos postre pero sí un magnífico café que acompañaron con tejas y cigarrillos de Tolosa y otros petit fours, como les llaman ellos..
Aunque este es un blog halal y yo no bebo vino, mencionaré para los interesados que la carta de vinos es casi una enciclopedia e incluye variedades de países que no es habitual encontrar en restaurantes. Yo me pedí un zumo de tomate buenísimo y bien condimentado.

Da gusto comprobar que este lugar al que iba de niña con mis padres, no ha sucumbido a las modas vigentes gracias a las cuales las cocinas no huelen a comida sino a placa solar.
Tanta maravilla tiene una pega: el precio. Digamos que comer de carta con postre y copas puede salir a 120€ o más por persona. Yo no sé si es un precio desproporcionado o no. Seguramente sí. Pero creo que dentro de los michelines o ex-michelines, Zuberoa es uno de los sitios de los que puedes salir contento, sin necesidad de autoconvencerte de que no te han engañado sino de que, simplemente, no sabes de gastronomía. Así que vale la pena ahorrar un poco y disfrutar de alguna de esas ocasiones especiales que ocurren unas cuantas veces en la vida.

domingo, 11 de julio de 2010

Comiendo fuera. Hoy, Casa Mirones, en Pasai Donibane.

Es verdad que el restaurante del que hablamos hoy nos ha parecido muy recomendable, pero hay que reconocer que buena parte de su valor se lo toma prestado al lugar en el que se encuentra. Pasai Donibane -Pasajes de San Juan- es una pequeña villa de pescadores cuyo casco antiguo consta de una única calle encajonada entre el monte Jaizkibel y la bocana del puerto de Pasajes. Si hay algo en Gipuzkoa que todavía recuerde a la belleza de otros tiempos es esta calle estrechísima, flanqueada de antiguos y húmedos caserones de piedra y ventanas con geranios. Si no fuera por los coches de los vecinos, que pasan de vez en cuando -obligándote a refugiarte en un portal, pues hay tramos en los que no caben un coche y una persona juntos- parecería que nos hemos trasladado al siglo XIX.
Enfrente de Pasajes de San Juan, al otro lado de la bahía, está Pasajes de San Pedro. Ambas localidades mantienen una rivalidad tradicional que se refleja en las traineras, es decir, en las regatas. Tiene gracia que las regatas famosas en el mundo sean las de Oxford y Cambridge, porque cuando se han enfrentado a Pasajes rara ha sido la ocasión en que los ingleses no han sufrido humillantes derrotas.
Hablando de derrotas, en una placa colocada en una pequeña ermita de esta calle se conmemora la victoria en 814 del ejército formado por vascos y musulmanes frente a las tropas de Carlomagno, que pretendía convertir el sur de los Pirineos en parte de su imperio. La tradición cuenta que en ese grupo de valientes iban muchos sanjuandarras. Y, hablando de imperios, los vecinos de San Juan, en este país gobernado por don Paco López, siguen siendo todavía hoy de los más concienciados con la causa de la independencia y el socialismo.
Para colmo de bienes, este pueblecito de una sola calle está lleno de buenos restaurantes en los que se puede comer un pescado excelente y el turismo cafre no llega hasta aquí porque, afortunadamente, Donibane no tiene playa, ni hoteles de lujo con spa.
Casa Mirones es, por tanto, sólo uno de los muy buenos restaurantes que tiene esta calle. Se accede a él por unas empinadas escaleras, pero la subida se agradece porque así se obtienen las magníficas vistas de las que goza su terraza. Cenar mientras anochece en el puerto, observando cómo maniobran los grandes barcos de carga, o cómo zarpa la pequeña lancha que comunica los dos Pasajes es una experiencia inolvidable.
Con semejantes vistas, la verdad es que apenas daría tiempo a fijarse en la decoración si no fuera porque los dueños parece que desean que lo hagas. Yo no sabría si catalogarla de kitsch o de encantadora. Quizá el rinconcito que tienen preparado para parejas de enamorados entre de lleno en el primer concepto. Pero el resto del restaurante, con su decoración rosácea, con sus bonitas lámparas chinas de papel, sus velas y sus fuentes de interior de circuito cerrado, la verdad es que resulta muy agradable.
Pero vayamos a lo importante en un restaurante. La carta de Casa Mirones está bastante bien surtida -al menos diez o doce platos por cada categoría. En los entrantes nos quedamos con ganas de probar las Vieiras salvajes con cigalas y espárragos trigueros, o el Milhojas de foie y manzana caramelizada. Pero nos decidimos por unos pimientos de Gernika con sal de Maldon y unas croquetas variadas, entre las que destacaban la de hongos y la de centollo. Ambos entrantes fueron servidos en bonitos platos de pizarra negra. Las croquetas quedaban así muy vistosas, pero no tanto los pimientos, de color verde oscuro, que apenas destacaban. Pero esto son pijadas... Lo importante es que las croquetas eran estupendas: grandes, perfecta y finamente rebozadas y con tropezones que garantizaban su autenticidad. Los pimientos de Gernika son una variedad de pimientos verdes muy pequeños y que se supone tienen un sabor muy suave y una textura muy tierna. Digo "se supone" porque no siempre es así, por más sellos de garantía Eusko Label que lleven. Sin embargo, los que nos pusieron en Casa Mirones eran exactamente como deben ser, tiernísimos, deliciosos y cocinados en su punto. Lo de usar la sal en escamas hay que reconocer que también es una excelente idea.
La sección de pescados de la carta era tan tentadora que al final optamos por un plato de degustación. La fuente que nos sacaron era enorme, con trozos limpios y rollizos de rape, mero, merluza y rodaballo, además de unos cuantos chipironcitos, todos ellos a la parrilla con su refrito de ajo. Absolutamente deliciosos. Y para hartarse. Por si te quedabas con hambre, incluían una enorme y riquísima patata al gratén.
En la sección de carnes fuimos con la recomendación de probar el solomillo. Lo preparan a la pimienta verde, al roquefort y al oporto. En principio no parece nada del otro mundo. En cualquier restaurante italiano los sirven así. Cuando nos presentaron el plato, sin embargo, comprendimos que aquello no tenía nada de común. El solomillo era una de esas piezas tan altas como anchas. Yo calculo que al menos irían allí 400 gramos de solomillo. Al hincarle el diente, además, apreciamos que se trataba de una carne tierna y sabrosa como pocas he tenido la oportunidad de probar. Ciertamente, se puede comer un solomillo impresionante en un puerto de mar: queda demostrado.
Como mi religión me impide beber alcohol, no puedo comentar adecuadamente el tema de las bebidas, salvo por el hecho de que la carta consta de una variedad de aguas minerales delicatessen. Me confieso ignorante en cuanto a este punto e incapaz de distinguir una de esas aguas delicatessen de un agua mineral normal. En mi modesta opinión, el agua del grifo de mi pueblo está mejor que la Font d´Or que me sacaron. Eso sí, me parece oportuno indicar que lo que en casa Mirones llaman "Tinto Reserva de la casa" consiste en... ¡un Beronia de 1999...!

Supongo que los postres serían muy buenos, pero no pudimos con ellos. Eso sí, el café era estupendo y la manera de presentarlo, preciosa.
En fin, esta pantagruélica comida, con vistas maravillosas a uno de los pueblos más bonitos del Cantábrico, nos salió por 55 €/persona.
Comiendo como comen, no es de extrañar que los sanjuandarras sean capaces de derrotar a Oxford, a Cambridge a Carlomagno... y quién sabe a quién más.


lunes, 24 de mayo de 2010

Comiendo fuera. Hoy: Urepel, en Donostia

El restaurante Urepel es uno de los clásicos de la ciudad. Se encuentra en el Paseo de Salamanca, a la orilla de la ría que forma el Urumea al desembocar en el Cantábrico. En la otra orilla, justo enfrente, se construyó en los años 20 el precioso Casino Gran Kursaal. En 1973 fue mandado derribar por un alcalde franquista y en los 90 un alcalde posfranquista aprobó la construcción de un pelotazo más del inefable Moneo, que quizá un día nos sorprenda deconstruyendo el Acueducto de Segovia para convertirlo en Aquapark de las Tres Culturas. El tristemente fallecido Javier Ortiz escribía magníficamente sobre el viejo Kursaal. En el link del artículo podéis además comparar los dos palacios, el antiguo y el nuevo y, así, contar con un argumento más a favor del pesimismo histórico.
Pero volvamos al restaurante Urepel que, por cierto, fue inaugurado pocos años después del derribo del Casino sobre el local que dejó el viejo hotel Biarritz. Se dice que en la barandilla de ese hotel, que puede verse ahora en el comedor de arriba, tocó Pablo Sarasate. Y, por cierto, durante la comida sonaron en efecto algunas piezas del celebre violinista navarro, tan admirado por Sherlock Holmes.
Vuelvo a dispersarme, perdón... El restaurante tiene dos plantas y está decorado de un modo que hoy resulta recargado, pero es una bendición que no renuncie a sus orígenes y que no se una a la tan manida decoración minimalista, que en pocos años ha pasado de ser el paraíso del gafapasta a la rutina del salón comedor de Ikea. A mí esta decoración de tapices, moqueta y vaso rojo para el agua me resulta entrañable y muy especial.
Las mesas están colocadas de modo muy talentoso para evitar molestias de otros comensales y además estético, para evitar la penosa sensación de salón de bodas y bautizos.
El servicio es amable y correcto. Se puede fumar y la música aunque bastante kitsch, al menos está bajita.

Y vamos a la comida que es lo principal. Hay que recordar que se trata de un lugar caro, así que mejor dejarlo para ocasiones muy especiales.
Urepel ofrece un menú de 50 euros, y uno vegetariano, aunque nosotros comimos de carta y apenas costó un poco más. El número de platos no es muy grande, pero todos tienen nombres atractivos.
Nada más sentarnos fuimos invitados a un cóctel a nuestro gusto y a un delicioso entrante: un volován de brandada de bacalao con pisto.
De primeros nos pedimos una crema de bogavante y unas alubias con oca. La crema poseía el color marrón característico de las sopas de pescado densas e iba decorada con una isleta central que me recordó a Cthulhu emergiendo de las aguas primigenias. La crema estaba aceptable y la isleta no sé si se supone que se debía comer, pero no era del todo comestible, ni siquiera el pimiento de Gernika que la coronaba. Las alubias eran de las blancas, muy tiernas y el aspecto era totalmente el de un potaje casero y el sabor la verdad es que también.
De segundos elegimos una merluza a la plancha que parecía ser de buena calidad y un cordero presentado de manera igualmente inquietante -de hecho, también parecía recordar a algún monstruo lovecraftiano, pero no sabría decir cuál. Una costilla rebozada de cordero -cuya escuálida lámina de carne estaba riquísima- estaba dispuesta como un arco sobre un prisma de magro de cordero con una costra churruscante francamente bueno y decorado con un penacho tribal de brocheta de pimientos de gernika muy similar al de la isleta del lago de bogavante. Vamos, un plato raro de aspecto pero riquísimo de paladar.

No tomamos postre por una mezcla de satisfacción -las raciones son generosas- y de temor al sablazo y nos conformamos con dos cafés, tan buenos como cabe esperar en un restaurante de Donosti.
La cuenta: 120 euros. Es un poco caro, y más para los tiempos que corren, pero dentro de los precios habituales en esta ciudad no es ni mucho menos un sablazo.
En definitiva, un lugar recomendable para comer bien y mantener una larga charla de sobremesa. También vale como una visita al pasado para hacerse una idea de cómo era la Bella Easo antes de la globalización, e incluso para hacerse una idea de cómo eran los dioses primigenios.

Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn.

sábado, 20 de febrero de 2010

Comiendo fuera. Hoy: Senra, en San Sebastián.

Hace poco el Senra cumplió 25 años y desde entonces ha evolucionado hacia una cocina nueva y elaborada sin perder por ello la tradición y la buena calidad de las materias primas.
Aunque Gros es un barrio lleno de buenos bares de pintxos, Senra es uno de los indiscutibles. Está situado en la Calle San Francisco, que desde hace un tiempo es peatonal. En Donosti, las calles peatonales son aquellas en las que los coches, en vez de ir por asfalto, van por baldosa. A pesar de todo, Gros es un barrio que continúa manteniendo cierto ambiente de barrio, algo cada vez más difícil de encontrar en esta nueva ciudad de horribles cubos de Moneo, congresos absurdos y festivales de cartón-piedra. Supongo que es el engendro cosmopolita y asfáltico que el alcalde y su equipo de empresarios se empeñan en potenciar. Afortunadamente, el pueblo es un tanto correoso y sigue empeñado en sus gustos provincianos, qué le vamos a hacer... Como digo, en Gros todavía reside gente que consume en las bonitas tiendas del barrio. Eso le confiere un ambientillo agradable y, además, tiene la ventaja de que, al estar algo retirado del centro, está menos invadido de turistas y los precios son algo más moderados.
Ocupándonos de lo que nos interesa ahora, en Casa Senra se disfruta con el paladar por un precio razonable. Disponen de raciones, platos de carnes y pescados de calidad y una deliciosa y surtida variedad de pinchos, creativos pero no snobs. Las últimas novedades, por ejemplo, son éstas:
-Jamón asado con salsa de Idiazábal y coulis de pacharán, y
-Montadito de foie con hongos y salsa de Coca-cola.
Nosotros decidimos comer de pinchos. No fueron los típicos pinchos de palillo, aunque éstos también los tienen en la inmensa barra, y muy buenos y variados, sino los llamados "pintxos calientes", que se sirven en pequeños platos y que son como menús en miniatura. Desde luego se puede ir comido o cenado con tres o cuatro de ellos. Nosotros elegimos lo siguiente:
-Ensaladilla rusa. Bastante presentable, con un generoso despliegue de pimientos del piquillo.
-Chipirones a lo Pelayo con bacalao. Un poco escasos los chipirones, pero en general un conjunto muy logrado, con deliciosa salsa, crujiente cebolla y un macizo trozo de bacalao a la plancha.
-Rodaballo con tomate y pistachos. Muy original y con una especie de ali-oli muy suave
-Solomillo de ciervo en salsa. En su punto la carne -y la salsa como para mojar pan.
-Pato relleno con salsa de manzana. Es un clásico, pero es de los mejores patos que he probado, muy sabroso y muy tierno.
-Croqueta de almeja y croqueta de chipirones. Originales, de buen tamaño y bastante bien fritas.
-De postre probamos una leche frita que, aunque rica de sabor, resultaba, por contra, demasiado aceitosa.

Pues bien, todo lo anterior más bebidas, postre y cafés para dos, nos costó 45 euros. Un precio así en Donosti es bastante barato.
Cuestiones puramente gastronómicas aparte, el servicio es diligente y amable, si uno tiene suerte de que el bar no esté muy abarrotado. El local es amplio, decorado a la usanza tradicional, con grandes mesas de sidrería, se puede fumar y no es de esos sitios de los que se sale oliendo a fritanga.
Tras un aromático café y un puro, una sale del Senra con una visión más optimista del mundo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Comiendo fuera. Hoy: Aloña-Mendi, en Donostia.

El restaurante Aloña-Mendi responde al modelo de clásico bar de pintxos del centro de Donosti. Se encuentra en la calle Fuenterrabia, más o menos a la altura de la Catedral del Buen Pastor.
Lo que más me gusta de este lugar es la sensación de tranquilidad, familiaridad y limpieza que logra transmitir, a pesar de que se trata de un bar muy concurrido casi a cualquier hora del día. Tampoco es un local especialmente grande, ni la barra de pintxos está especialmente abarrotada de ellos. Pero todos se muestran resplandecientes, recién hechos. En el centro de la barra, sobre todo en temporada, casi siempre encontraremos un magnífico ejemplar de seta que ya nos habla de una de las especialidades de la casa: un frito de seta con jamón y bechamel. Otra delicia es la delicada crêpe de changurro, con una salsa en verdad lograda. La tortilla de patatas, uno de los mejores indicadores del buen hacer de un bar de pintxos, tiene un sabor original y una textura suave.
Pero no solo pintxos ofrece Aloña-Mendi: los platos combinados y raciones también son notables. Destaco los taquitos de bacalao coronados con una abundante viruta de cebolla, los magníficos chipirones en su tinta, de buen tamaño pero nada correosos y el revuelto de hongos, quizá un poco escaso pero muy en su punto. Y, lo mejor para mi gusto, las estupendas anchoas y merluza rebozadas. Están deliciosas.

Pero la clave del éxito de Aloña-Mendi yo diría que es el servicio. La encantadora, discreta, eficiente y amable camarera hace innecesario impacientarse en la barra: por muy lleno que esté el bar, siempre serás atendido rápida y educadamente. Pide que te cocinen a cualquier hora del día. ¿Te apetecen unos chipirones o unos fritos recien hechos a las cinco de la tarde? ¡Sin problema! A pesar del trajín continuo en la cocina el local permanece impoluto y sin olor a fritanga. Hablando de olores, nunca encontrarás esos ambientes cargados propios de locales pequeños y con mucho público; sin embargo permiten fumar lo que a uno le dé la gana -al menos hasta que nuestros queridos gobernantes neoliberales se lo prohiban.
Aunque yo no lo uso, también puede uno pedirse una copa con la seguridad de que se la van a servir tan perfectamente o más que en un pub.
Todas estas ventajas tenían que tener un pero. El mayor defecto que se le puede atribuir a Aloña-Mendi es su elevado precio. Si tomas un pinchito y un vino no se nota, pero si vas con unos amigos de raciones... prepárate para la cuenta, porque va a ser como si hubieséis comido a la carta en un buen restaurante. Un ejemplo: una cazuelita de cuatro chipirones en su tinta -muy buenos eso sí- sale por 12€.

Lo que convierte a este local en un lugar especial, a parte de su exquisito servicio y la buena calidad de su comida, es que es de los que ya empiezan a escasear. En este tiempo los bares tradicionales del centro comercial y financiero de Donostia -por llamarlo de alguna forma- han sido sustituídos por cafeterías clonadas de diseño, atiborradas de gilipollas adheridos a su móvil corporativo. Son bares que pertenecen a cadenas en los que la tortilla de patatas tiene el mismo sabor que el croissant -ninguno-; en los que los camareros, siempre muy guapos y guapas, parecen amargados no se sabe si por sus pésimas condiciones de trabajo o por que quieren ser pijos y no pueden. Comparados con esos bares de terminal de aeropuerto, da gusto sentirse envuelto en el ambiente de un local tradicional de trato humano y en el que las cosas siguen sabiendo a lo que recordábamos que solían saber.

martes, 3 de noviembre de 2009

Comiendo fuera: Hoy, "Don Bacalao" (Valladolid)

(Gracias a Mary, que sacó la foto y a Antonio, que me invitó a cenar.)

Este fin de semana he aprovechado mi estancia en Valladolid para hacer turismo gastronómico. La experiencia más agradable en este terreno fue la que pasé cenando en Don Bacalao.
El local está situado en el centro histórico y, pasada una interesante barra de tapas, se accede al restaurante donde se cena, no muy grande pero sí desahogado, y decorado con muy buen gusto. Destaco los preciosos ventanales. Pero lo que más me gustó, en el apartado no estrictamente gastronómico fue el servicio, que mantuvo el punto justo entre la amabilidad y la discreción.
Como su nombre -quizá no muy afortunado- indica, la especialidad de este restaurante es el bacalao. Se puede encontrar de muchas formas tradicionales: al ajoarriero, dourada, pil-pil, etc, pero también en recetas que son creaciones del chef -ello sin contar con las tapas de la barra. Desde mi viaje a Portugal no me había encontrado con tantas maneras de hacer el bacalao en un mismo restaurante.

Claro está que no solo de bacalao se vive en este local. Un vistazo a la carta revela una oferta equilibrada de productos, con sus imprescindibles carnes castellanas, los boletus propios de la temporada y otros platos que se quedaron por probar para otra ocasión. Además de la carta, se ofrece un menú degustación que varía cada mes -que es por el que optamos finalmente- y un menú especial a causa de la Seminci -el célebre Festival de Cine de Valladolid- que justo concluía el fin de semana pasado. El menú de la Seminci, basado en nombres de películas como "Jamón, jamón" "Ratatui" o "Chocolate", cada uno de ellos maridado con su vino adecuado. Ante estas referencias cruzadas entre cine y gastronomía y su amenazador aspecto gafapasta y, más aun, después de la experiencia Mugaritz de la semana anterior, me dio miedo tener otro encontronazo con la Nouvelle Cuisine. Puestos a elegir, prefiero quedarme con la Nouvelle Vague, de la que, por cierto, se ofrecía una buena selección en la Seminci. Así que nos decidimos por el degustación.

Estuvo precedido por un aperitivo visualmente atractivo pero un tanto escuálido. En un mismo plato teníamos un vaso de chupito con un consomé de boletus muy logrado, una única aceituna rellena de Martini y una tostada con queso y anchoa muy fina, crujiente y sabrosa pero demasiado pequeña. Lo acompañaron con un blanco de uva verdejo, o de cava -a elegir. Yo, que no bebo vino, solicité un zumo de tomate. Esta petición, aparte de un cierto engorro, supone una excelente medida de cómo funciona un restaurante. Al ser inesperada, se pueden averiguar varias cosas:
-La disponibilidad de materias primas en el restaurante
-Las verdaderas habilidades y conocimientos culinarios del chef
-La buena disposición y afán del restaurante en complacer a los clientes.
Pues bien, en los tres apartados, Don Bacalao merece un sobresaliente. Me sirvieron un zumo de tomate magnífico: tan perfectamente aliñado con tabasco, sal y limón y presentado de modo tan aparente que parecía que el zumo de tomate constituía una de las especialidades de la casa.

Los primeros platos eran tres:

-Una ensalada de bacalao marinado exquisita,
-Unos pimientos rellenos de boletus y jamón que en mi caso fueron sustituídos amablemente por unos fideos de arroz que fueron cocinados in situ añadiéndole una riquísima e hirviente salsa de pescado.
-Una original crema de calabacín, con una base de arroz e ingredientes que no supe identificar pero que le proporcionaba un original sabor frutal y dulce.

Los segundos platos consistían en diversas clases de bacalao. Uno de nosotros se decidió por el confit de pato -tierno y muy sabroso. Y los demás pedimos bacalao con salsa de bígaros y carabineros. El bacalao era de primera, desde luego, pero la salsa de bígaros y carabineros tenía muy poca presencia y el bocado de bacalao hubiera resultado soso de no ser por la excelente calidad de éste.

Mis compañeros tomaron un Ribera de Duero que resultó estupendo: un Arzuaga.
De postre tomamos un tiramisú muy correcto.

Todos los platos oscilaban entre aceptables y deliciosos y por un precio más que asequible: 35€ por persona, incluído el Arzuaga de 26 € (¡y el zumo de tomate!).

Por tanto, un sitio digno de ser visitado, con una cocina que roza a veces el campo de lo experimental y minimalista pero sin traspasarlo y a un magnífico precio, con un servicio intachable y un entorno agradable e impoluto en el que se puede fumar -frente a otros sitios asfixiantes en los que está prohibido.

En fin: una cena de cine.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Comiendo fuera: Hoy, Mugaritz.

Mugaritz está considerado como uno de los diez o doce mejores restaurantes del mundo y creo que posee dos estrellas en la Guía Michelín. Es uno de esos sitios que, dado su elevadísimo precio, yo no habría visitado nunca por propia iniciativa. Por eso me gustaría agradecer a mis amigos J. y J. su generosísima invitación a comer en este lugar. Soy consciente de que se han dejado casi el sueldo de un mileurista y ello con la mejor de las intenciones. Esto podría haber atemperado un poco mi crítica, pero lo que ha ocurrido es lo contrario: pues no se trata de que yo me haya sentido estafada: he sentido que se ha estafado a mis amigos y que el afán de lucro y la picaresca han ensombrecido una tarde que podría y tenía que haber sido un grato recuerdo. El joven restaurador Andoni Luis Aduriz, ha sido el supremo responsable de esta mezcla de payasada e insulto a la inteligencia en la que ha convertido su -nuestra- comida en su restaurante Mugaritz.

Llegamos al lugar en torno a las 14 horas de un domingo gris y cálido de Octubre. Tras el obligado paseo por lo que él llama huerta y que no dejan de ser unos parterres con algunos hierbajos, entramos en el espacioso comedor de mesas amplias y redondas cubiertas de manteles blancos. Son mesas bien separadas unas de otras lo que, en principio, resulta prometedor a la hora de entablar una conversación agradable. Por desgracia, la nuestra parece destinada para 8 comensales y nosotros, que somos 5, nos vemos obligados a elevar el tono de voz o mantener conversaciones paralelas.
Bueno, pero esto ¿no es una nimiedad cuando se trata de comer en uno de los diez mejores sitios del mundo?

Comienzan los aperitivos. Un enjambre de camareros vestidos de clergyman zumba alrededor. Alguien debería explicarle al Superior de la Compañía, Padre Aduriz, la diferencia entre la solicitud amable y el coñazo. Por increíble que le parezca, la gente tiene cosas de que hablar y no necesita animación sociocultural. Nos traen una patata cocida del tamaño y la forma exactos de las que venden ya cocidas en botes de cristal, rebozada en arcilla blanca. Afortunadamente, podíamos mojarla en un alioli insipido, bastante peor que el que preparo yo en mi casa o el del bar de la esquina.
Después llegan unas quisquillas raquíticas, de las que se suelen tirar por que son todo piel y patas. Pero el padre Aduriz, tan concienciado con los que pasan hambre, cree que estos alimentos no hay por qué tirarlos y nos sirve media docena de quisquillas por cabeza. La animadora sociocultural nos explica que deben comerse enteras, sin pelarlas y sin quitar la cabeza y las patas. Es algo lógico, porque las quisquillas, lo que es carne, no tenían. Emulando a Don Pablos en la casa de Maese Cabra, intentamos que nuestro esófago tragase con agua aquel pequeño enjambre de patitas y placas queratinosas que, junto con la cáscara de arcilla de la patata nos proporcionó nuestra dosis de calcio diaria.
Una vez acabados los entrantes, propios del Paleolítico Inferior, me siento algo desconcertada mientras leemos la carta, pero concedo el beneficio de la duda. Es una lástima que la haya olvidado en la inmensa mesa pero puedo decir que solo unos expertos miniaturistas podrían haber escrito el larguísimo y estúpido nombre de los platos en los pequeños bocados en los que dichos platos consistían. Un pintxo a su lado parecería un bocadillo de albañil.
Estamos en estas cuando nos invitan a visitar la cocina. a mí no me interesa particularmente ver una cocina, pero mis amigos se ponen en pie y me siento algo obligada, así que les sigo. Lo de la animación sociocultural se lo toman en serio aquí. La famosa cocina es bastante reducida teniendo en cuenta la cantidad de gente que hay, digamos, "trabajando". El chef intenta hacernos ver, mediante explicaciones en las que se mezclan la tecnofilia enfermiza con la filosofía de libro de autoayuda, la tecnochorrada con el lugar común, que nos encontramos en un laboratorio que dejaría en mantillas a la NASA y con una organización laboral perfecta cual reloj suizo. Es como si 20 enanitos o duendecillos anduviesen haciendo magia, empleados en una multitud de extrañas tareas en nada semejantes a lo que alguien denominaría cocinar. Me gustaría reproducir aquí la cantidad de bobadas que nos soltó el padre Aduriz en ese tono campechano con el que los genios saben dirigirse a nosotros, la plebe, pero tengo que confesar que desconecté a los "150" segundos y me dediqué a observar a los duendecillos trabajadores vestidos more jesuitico. Lo de los 150 segundos, tiene su coña, ya lo veréis.
La mayoría de la veintena de empleados que se afanaban en aquella cocina, no más grande que un salón estándar, eran extranjeros y se dedicaban a hacer cosas aparentemente absurdas como pasar una especie de lector de código de barras -¿o era un medidor Geiger?- a una lechuga o frotar un trapito a un plato. Mientras, su jefe explicaba algo sobre las temperaturas, con un didáctico ejemplo basado en los diferentes grados de tensión del abductor del pulgar según con cuál de los otros cuatro dedos de la mano nos lo toquemos -el abductor, quiero decir. Muchos pensarán que soy una ignorante, que no me gusta aprender con parábolas así de hermosas, pero, tras algún tiempo, me apeteció enseñarle al conferenciante el uso del músculo flexor de mi dedo índice.
Volvemos a la mesa, henchidos de sabiduría, y también preguntándonos dónde se cocinaría realmente. Yo bastante deprimida y pensando que lo peor ya había pasado. Pero no hay que dejarse llevar por las primeras impresiones o, al menos, eso se dice. aunque con estas raciones tan pequeñas es que solo hay para eso: una primera impresión.
La larga carta contenía algunas alusiones a ingredientes porcinos que, por mis creencias religiosas, no puedo comer. Como el camarero nos pide que si deseamos algún cambio lo advirtamos, así lo hago. Les indico que no puedo comer cerdo. Aun así me encuentro con un secreto Ibérico. Es disculpable que, al ser secreto, les haya pasado desapercibido. Tanto que esa miriada de camareros no ha sido capaz de darse cuenta. Bueno, no pasa nada. Me cambian el plato por una especie de agua aceitosa y amarga con dos bolitas de no se qué. Asqueroso.
Llega después una kokotxa caramelizada con miel. Esto no está mal, pero es del tamaño de un ravioli. Mis compañeros comentan que el vino está muy bien; algo es algo. Afortunadamente el vino lo fabrican fuera.
Ahora viene el pulpo. Ni pensar en una deliciosa tabla de pulpo a feira o con pimentón. Eso sería una vulgaridad. Son 4 despojos ínfimos con sabor a pescado podrido. En este momento comienzo a agradecer que las raciones sean tan exíguas ya que justo tienes tiempo de probarlas para comprobar que son una porquería y ya se han acabado. Aquí es imposible eso del camarero preguntando "¿No le ha gustado?" Pues probarlo y acabarse el plato es todo uno.
Es el momento del denominado carpaccio vegetal. Una cosita dulzona, del tamaño de un iPod Nano, pero de textura parecida a un pimiento pocho y con frutos secos picaditos. La gran sorpresa es que esa cosa es sandía. Ah, vale. ¡Qué mago, este Aduriz!
Por fín el rodaballo. Bueno, es un decir, un tenedor de rodaballo. Pero una vez más me alegro porque está casi crudo y no sabe a nada. El sushi a su lado parecería bacalao ajoarriero.
Y, finalmente, otro bocadito, esta vez de pato. Esto, por lo menos es pato, aunque en el chino al que acudo habitualmente lo hacen infinitamente mejor. Como me dan pena los patos, me alegro por ellos: no creo que tengan que matar muchos al mes, dadas las raciones.
Parece que este suplicio se acaba: llega el postre. Una ciruela deshuesada y al horno, con una selección de fragmentos de quesos que, a pesar de la explicación farragosa de la camarera, son de calidad mediana. Eso sí, con la pamplina revestida de sofisticación de colocar las cortezas junto a los quesos para que los identifiquemos. Claro, es normal. ¿Quién no diferencia un queso por su corteza?
Y luego una torrija del tamaño de medio Kit Kat, bastante dulzona.

Pasamos a tomar los cafés al jardincito porque dentro no se puede fumar y varios de los comensales somos fumadores de puro. Es el mejor momento, solos y sin la omnipresencia de los camareros. No he comentado que, a pesar de la legión de camareros y de la racionalización del trabajo de la que ha dado sobradas explicaciones el responsable del lugar, ha transcurrido un tiempo inexplicablemente largo entre plato y plato, por lo que ya son las 6 de la tarde. Pedimos una copa y se nos advierte de que cierran a las 18:30. Qué bien.
Mi reflexión en este momento es que la clase y el lujo no consisten en que te atosiguen con continuas preguntas y datos no solicitados sobre los platos sino en que, teniendo en cuenta el pastón que has pagado, te dejen por lo menos un margen mayor para estar tranquilamente en la terraza tomando una copa y hablando de algo que no sea el proceso de licuefacción-torrefactación de la espina de sardina. Se confunde la amabilidad con el acoso y se olvida que la elegancia va de la mano de la sencillez y no de la petulancia. También se olvida que tomar por idiota, por paleto o por panoli a tu cliente a la larga, puede ser negativo.
En definitiva, un fiasco, pero un fiasco carísimo. qué razón tenía Santi Santamaría. En mi opinión este sitio es un restaurante para nuevos ricos snobs que no tienen ni idea de cocina ni criterio propio de ningún tipo y que se sienten importantes porque pagan un pastón y les llenan contínuamente la copa de vino.
Al llegar a casa me aguardaba otra "nueva" experiencia gastronómica: gracias a la nouvelle cuisine se puede estar muerta de hambre y, a la vez, sufrir de terribles ardores con recuerdos de sabor a pescado podrido.
Mientras siga habiendo gente tontaina, habrá también cocineros -o lo que sean- como Aduriz dispuestos a forrarse a nuestra costa.
P.D: Se nos entregó un par de sobrecitos (ver foto) con sendas tarjetitas, fruto, imagino, de lo que el cocinero en su limitación considera filosofía zen o algo así. Las transcribo:

Sobre 1:
"150 minutos... sométeme."
Tarjeta 1:
"150 minutos para sentir, imaginar, rememorar, descubrir.
150 minutos para la contemplación."


Sobre 2:
"150 minutos... rebélate."

Tarjeta 2:
"150 minutos para incomodarte, alterarte, impacientarte. 150 minutos para padecer."

Me quedo sin palabras.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Comiendo fuera. Hoy: Albistur (Oiartzun)

Nuestro lugar recomendado de hoy se encuentra en el barrio de Altzibar, en la orilla sur del río Oiartzun. Altzibar es un barrio que aun conserva algo del encanto del viejo Oiartzun. Algunas mañanas, cuando el clima es anticiclónico, la niebla del río persiste aun un rato mientras más arriba el campanario de la iglesia ya brilla al sol. Sus tres o cuatro callejuelas tienen más tiendas y bares que muchos pueblos dormitorio. Es un barrio pequeño pero lleno de vida.

El restaurante Albistur es por un lado uno de los bares más animados y populares de Oiartzun, pero también un buen restaurante. Tiene zona de terrazas, zona de barra, con excelentes pintxos los fines de semana y zona de restaurante. Esta última ha sufrido hace poco una reforma a mi juicio poco afortunada. Antes estaba decorada con una curiosa colección de objetos de hojalata, que le daba un aire rústico muy natural. Aun así el pequeño comedor, ahora separado de la barra por un panel demasiado "moderno" sigue siendo un lugar acogedor.

La carta es breve y estable, lo que limita un poco la posibilidad de repetir visita. Pero está muy bien pensada y todo suele ser de buena calidad. Entre los entrantes destacaré los fritos, el pudin de pescado, las crépes de txangurro o el suave y sabroso revuelto de hongos. De los segundos platos destaco la merluza rellena, los medallones de solomillo al foie, y el entrecot al Idiazábal
Yo no soy de dulces, pero todos mis acompañantes recomiendan el postre de la Amona (=abuela en euskara) como el mejor.
Tampoco bebo vino, pero el vino navarro de la casa es poco recomendable. Es preferible pedir un crianza de la barra o, si queremos gastar más, alguno de la bodega.
En cuanto al precio, pondré un ejemplo práctico: hace poco fuí a cenar con una amiga. Pedimos un revuelto de hongos para compartir y, como segundos, merluza rellena y solomillo Idiazábal. Además, nos invitaron a un aperitivo de púdin de cabracho. Como complementos, media botella de vino, agua, un postre y dos cafés. TOTAL: 60 euros, Un precio muy económico en comparación con los habituales en esta zona. Además, tuvieron la deferencia de abrir el comedor solo para nosotras, ya que era domingo y muy temprano. En fín, un sitio de los de siempre que se mantiene igual de bueno, sin aires de grandeza y con un servicio y precio que también dejan buen sabor de boca.

Que yo sepa Albistur no tiene página web, aquí dejo la dirección y el teléfono porque vale la pena visitarlo.
Calle Altzibar, s/n
943490711

martes, 28 de julio de 2009

Comiendo fuera: BAR MAITE (ERRENTERIA.)



Hoy nos vamos de pintxos a uno de los mejores lugares que se me pueden ocurrir. El bar Maite lleva años ofreciendo lo mejor de lo que algunos cursis denominan "cocina en miniatura" y, aunque goza de una merecida fama entre los de la zona, podría pasar desapercibido para un viajero ocasional, lo que sería una lástima.
Se encuentra en la Alameda de Gamón, en pleno centro de Errenteria. Dispone de varias mesas, lo que está muy bien pensado porque, cuando pruebas un pinntxo quieres repetir y repetir y al final puedes quedarte ahí hasta que cierren. El precio no está mal, teniendo en cuenta la zona en la que se encuentra y que podemos comer con 4 ó 5 pintxos, si somos capaces de parar, claro...
Ofrece una surtidísima barra de pintxos frios y calientes. Entre los primeros, destaco el de txaka, que no tiene nada que ver con ese surimi picadito y nadando en mayonesa que nos endosan en la mayoría de los bares. De entre los calientes, son obras maestras los hojaldres rellenos: de setas, langostinos y nueces; de berenjenas con jamón y queso; de puerros con gambas,,, para morirse.
Pero, además, atentos siempre a renovarse, disponen de un buen número de pintxos de cocina. Se trata de pequeños y deliciosos platos de comida. Aunque hay algunos clásicos que se mantienen, suelen introducir novedades como el risotto, el provolone o el capricho ibérico. Podéis mirar la pizarra de la foto para ver solo alguno de ellos.
En este bar todo es delicioso: también los platos más vulgares: la tortilla de patatas es excepcional y sus calamares rebozados solo se ofrecen en fin de semana por lo que un sábado por la mañana el panorama típico será ver el bar hasta los topes de paisanos pidiendo calamares. Si uno llega tarde perfectamente puede encontrarse con que ya no quedan.
Hace unos días relaté mi desafortunada experiencia en un restaurante de supuesto lujo, en el que pedí un zumo de tomate. Como contraste, diré que me pedí lo mismo en este bar "popular" y el camarero, tras preguntarme si lo deseaba con tabasco, me sirvió un magnífico zumo perfectamente aliñado y presentado.
Para terminar, señalaré detalles extragastronómicos que a mí me encantan, como las pizarras de bonita caligrafía y entrañables ripios en las que se enumeran los platos disponibles. O la simpatía y el buen humor de los camareros. Todo esto, además, en un bar popular y bullicioso, la antítesis de los restaurantes Michelin. Lo que demuestra que, para comer de lujo no hace falta sentarse en una silla triangular de diseño que se te clava en el coxis ni estar rodeado de lámparas tubulares y de camareros estáticos. Esto no quiere decir, en absoluto, que no extremen el cuidado en el servicio de vinos y menaje. Simplemente se trata de hacerlo con sencillez, que es el ingrediente básico de la calidad.

lunes, 13 de julio de 2009

Comiendo fuera: ARISTI.(Oiartzun)

Este restaurante es difícil de localizar si no se conoce previamente. Desde luego, no figura que yo sepa en ninguna guía ni tiene página web. Es un lugar tradicional y familiar donde se come increíblemente bien con un servicio excelente.
Se encuentra en un caserío de la carretera de Astigarraga -Astigarragako Bidea, 21- y dispone de una agradable terraza para el verano junto a un jardín con su riachuelo y todo. Al mediodía ofrece menú y está muy frecuentado, pero por la noche suele ser muy tranquilo. Es importante señalar que para las cenas solo abre viernes y sábados.
Ofrece una carta reducida y que apenas cambia , pero cada plato casi sin excepción justifica repetir visita más de una vez. El precio es muy razonable para lo que se estila en la zona. El servicio es a la vez familiar y exquisito gracias, sobre todo, a su camarera, una mujer de veras encantadora.
El pasado sábado acudí a cenar con unos amigos. A modo de ejemplo, os comentaré lo que pedimos, tras un generoso aperitivo de ricas croquetas por amabilidad de la casa.
-Primeros platos: Pimientos rellenos; delicias de hongos y langostinos -en la foto- , revuelto de bacalao y bacalao frito con pimientos verdes.
-Segundos platos: Entrecot al Roquefort, merluza a la plancha, y chuletón de buey.
-Postres caseros: tarta de la casa y arroz con leche.
Hay que destacar que son especialistas en cocinar caza y, casi durante todo el año, disponen de jabalí en salsa, codornices, etc. También es famoso su rabo estofado y sus alubias de Tolosa. Aunque éstos son platos que a mí, personalmente, no me agradan, los aficionados a ellos terminan encantados. También disponen, por lo que me han comentado los expertos en este asunto, de una buena carta de vinos.
El precio final de la cena, añadiendo varias copas y cafés, fue de 180 euros, osea, 45 euros por persona, lo cual en esta comarca de Euskadi, plagada de restaurantes con no sé cuántas estrellas Michelín, no está nada mal.
Como es casi imposible de encontrar para alguien que no resida en la zona, aquí dejo su teléfono: 943 492 558.

martes, 19 de mayo de 2009

Comiendo fuera. Hoy: Andoni Gaztelumendi (Oiartzun)


Hoy voy a hablaros del restaurante Andoni Gaztelumendi -que hasta hace unos años se llamaba Kaxkazuri- donde, casualmente, he tenido el gusto de comer este mediodía.
Se trata de un lugar muy acogedor y agradable situado en pleno centro de Oiartzun, en una de las pocas casitas que han escapado al derribo y posterior sustitución por un horrendo bloque de pisos. Su propietario es encantador y un buen cocinero, así que el servicio, tanto el suyo como el de las chicas es excelente y la comida muy buena. Y a un precio muy asequible.

Dispone de una carta algo menos exigua de lo que por desgracia empieza a ser habitual, un menú degustación y un menú de diario, de lúnes a viernes, que, por 15 euros ofrece un abanico de platos muy aceptable. Hablando de carta, éste es uno de esos restaurantes en los que se toman la molestia de enumerarte de viva voz los platos. Esto posee varias ventajas:
-Se pueden preguntar las dudas que vayan surgiendo inmediatamente.
-No se le pùede tener a uno esperando media hora hasta que se vuelven a acordar de ti para tomarte nota y tenerte otra media hora esperando al primer plato.
-El trato es más cercano, cosa que cuando el camarero es agradable y educado es una ventaja. Aunque cuando se trata del clásico borde-plasta-graciosillo es mucho peor...

El local es poco grande -apenas una decena de mesas y con una bonita decoración, por dentro y por fuera. La música la tienen muy baja, lo cual también se agradece.
El cuidado por los detalles es excepcional para tratarse de un simple menú del día: pequeño aperitivo inicial, delicada vajilla, retirada de las migas de pan, y un vino más que aceptable para ser el de menú. He comido en sitios de los de 60€ por cabeza con peores servicios y complementos
Es muy habitual que a los lugares en los que se respira tranquilidad y buena educación acuda también gente igualmente tranquila y educada. Nunca me he encontrado en este restaurante con gente de esa que berrea o con esas familias que se creen que los restaurantes son chikiparks para sus malcriados monstruítos.

Vamos a centrarnos en lo más importante: nosotros nos pedimos el menú del día, que los tiempos no están para gastos excesivos.
En el día de hoy ofrecían el siguiente:
-Entrante: Ensalada de mollejas de pollo. Spaghetti carbonara. Alcachofas salteadas con jamón. Pastel de merluza.
-Segundo plato: Rotí de pavo. Pollo a la brasa. Congrio en salsa verde con almejas. Trucha con jamón, Codillo con salsa de cereza.
-Postre: Helado de yogur. Pudding de manzana. Torrijas. Profiteroles.
Elegimos los pasteles de merluza, el pollo y el codillo. Todo estaba cocinado y presentado con sencillez y buen gusto. Sin duda, se trata de uno de los lugares más recomendables de Oiartzun, ahora que tantos restaurantes antaño estupendos han caído en manos de esos pseudochefs que van cambiando de restaurante cada cuatro años para ir timando a gente distinta cada vez.
Si alguien vive cerca, además, con la excusa de comer en Oiartzun, -o viceversa- puede aprovechar el día para hacer un poco de turismo y visitar el valle que, todavía, en los lugares en los que las hordas de Sauron no han llevado el hormigón y el Bauhaus de pueblo, sigue siendo precioso. El pueblo está rodeado de bidegorris que pueden recorrerse andando o en bici y con la estampa increíble de las Peñas de Aia al fondo del paisaje.
Que lo disfrutéis.

domingo, 17 de mayo de 2009

Comiendo fuera. Hoy: Matteo (Oiartzun)

Hace tiempo comenté que, de vez en cuando, incluiría recomendaciones de restaurantes buenos y baratos que, en muchos casos, no aparecen en ninguna guía. Lo que no pensé fue en hacer antirrecomendaciones; pero, ante la experiencia traumática que sufrí ayer, no me resisto a inaugurar esta nueva sección que, espero, sea poco extensa, ya que significará que me han timado poco.
Porque lo de ayer fue un toco-mocho culinario. En primer lugar, te sablean el dinero y el tiempo reservados para disfrutar de una buena cena. Y lo peor es que te toman por idiota, ofreciéndote bazofia camuflada de alta cocina. Voy a contaros mi padecimiento de anoche. Pero, antes, esbozaré una breve historia del restaurante Matteo, en otro tiempo, un lugar precioso donde se comía mejor que bien.
Recuerdo el Matteo de hace unos quince años, cuando acudía frecuentemente con mi familia. En aquel tiempo lo regentaba María Luisa Eceiza. Estaba situado desde hacía un siglo en un entorno precioso. A través de sus ventanales, se contemplaba el río Oiartzun flanqueado de praderas y hermoso árboles. El comedor estaba decorado con muy buen gusto, la atención era cercana, pero exquisita y la comida, que es lo principal, deliciosa. Todavía recuerdo su magnífica ensalada de bogavante, el solomillo al foie o sus incontables postres. Bueno, pues todo eso ha desaparecido, incluidos los árboles y las praderas, aunque, esto último no sea culpa del actual cocinero sino de la avidez especulativa urbanística que, también en este pueblo, ha causado estragos.
Recientemente, el Matteo ha cambiado de chef y yo, animada por mis recuerdos infantiles, me decidí a disfrutar de una deliciosa cena con mi pareja. El fiasco fue absoluto. Comenzaré citando detalles extragastronómicos, pero que, en mi opinión, también deben ser cuidados en un restaurante que se precie.
1. Al reservar mesa, no se especifica si un comedor es o no de fumadores. A mí me encanta fumar un buen puro tras una buena comida y me encontré con que en mi zona no se podía fumar. Eso se advierte. Menos mal que, dado que la cena resultó repugnante, fue menos frustrante no poder fumar. De hecho, no tomamos ni café y salimos escopetados al bar de siempre donde nos pusieron unos cafés estupendos y pudimos fumar nuestro puro.
2. La carta es tan reducida que te ves obligado a pedir el menú degustación. Se supone que es más económico y que te ofrece un abanico de lo que allí se cocina, pero en este caso es prácticamente obligatorio pedirlo porque la carta abarca los mismos platos. Lo mímimo que se puede pedir, ya que se limitan a este menú es que esté delicioso. Pues no, nada de eso.
3. El servicio es lamentable, no por la lentitud, ya que cocinan en serie, pero a mí no me parece normal que en un restaurante de este tipo las camareras se den órdenes a grito pelado delante de los clientes, como si de un merendero se tratase. Por favor, un poco de discreción. Los temas de trabajo se tratan en la cocina. Tampoco me parece normal que la camarera te pregunte cariacontecida si "no te ha gustado el plato, bonita." Si me lo he dejado es que no me gusta, señora. Como yo no bebo alcohol, pedí un zumo de tomate. Llamaron al chef, ante lo insólito de mi petición y, por fín, tras mucho elucubrar, me aparecieron con un vaso de cocktail lleno de zumo, mal preparado y con una cucharita... Qué calamidad. Y ahora, por fín, vamos a centrarnos en la comida.
Si os cito los platos que pedimos, la cosa suena bastante bien. Como entrantes, ensalada de cigalas y guacamole, micuit, canelón de berenjena, hojaldre de puerros... Como plato principal, merluza con txangurro y carrilleras de ternera. Postre: bizcocho de chocolate con helado de caramelo y chocolate blanco. Leído está bien. Lo malo es comérselo. Todos los platos sin excepción están deslavazados e insípidos. Hay que tener arte para arruinar una merluza de buena calidad y conseguir que sepa a agua del grifo. Las carrilleras de mi marido, (las que comió, quiero decir) olían básicamente a chamusquina y por lo visto estaban alternativamente sin pizca de sal e hipersaladas. El postre ni lo probé porque olía a Titanlux. Mi marido se atrvió a meter la cuchara en el chocolate blanco y refirió que le recordaba a un yogur caducado, pero sin el menor rastro de sabor a chocolate. También comentó que el vino que acompañaba al menú degustación sabía básicamente a agua aunque con un retrogusto a pesticida muy peculiar.
En fín, lo que a veces resulta una pena, el hecho de que la comida sea muy escasa, fue la única ventaja de la noche.
Solo puedo decir algo positivo del sitio este: tuvieron el buen gusto de no poner el canal romántico del hilo musical o la Cadena 40. En su lugar, cantaba Xabier Lete, como símbolo de lo que un día fue y ya nunca más será.

P. D. (Noviembre, 2009) Últimamente han ido a comer amigos míos de confianza y me aseguran que sus experiencias han sido cuando menos aceptables, ni mucho menos tan desagradables como la nuestra. Quizá tuvimos mala suerte. En cualquier caso, en esta como en otras críticas de restaurantes me limito a describir experiencias concretas. La de aquél día fue pésima. Quizá en el futuro volvamos a probar suerte